CAPITULO SEGUNDO

CUENTOS DE CACERÍA

Peligro

Cada ser humano, en el curso de su vida, pero especialmente en el período inexperto de la juventud, se encuentra en el "riesgo inminente de sufrir severos daños que pueden llegar hasta la muerte" que es como el diccionario define la palabra peligro.

Nicolás era de mi edad. Casado y con dos niños, había adquirido desde hacia muchos años atrás obligaciones que yo no tenía. Se defendía ante la vida fabricando tacones para zapatos de mujer, usando para ello maquinaria muy rudimentaria que, a fuerza de trabajo, la hacia suficiente para obtener los medios para mantener a su familia. Ordenado, esforzado y metódico, su único vicio era el de la cacería.

Así, todos los viernes por la tarde nos reuníamos en la estación de los autobuses para disfrutar de nuestra afición. Llegábamos ya debidamente preparados. Nuestra impedimenta consistía en emparedados ya listos o los elementos suficientes para hacerlos en pleno campo, una botella, no cantimplora, con agua suficiente para toda la noche, la lámpara de cacería con su pila y foco de repuesto, navaja de monte y el rifle de pequeño calibre que usábamos para dispararle a los conejos, pues ésas eran las presas que íbamos a buscar. Al punto de encuentro llegábamos ya con las botas puestas. Todo ello, inclusive el arma desarmada, cabía en un pequeño morral.

De quince minutos a media hora, dependiendo de lo planeado, descendíamos del autobús siempre después de haber pasado Cadereyta. Alejados unos metros de la carretera procedíamos a armar nuestro equipo. El orden de esta preparación se iniciaba con la lámpara para darnos suficiente luz para el armado y revisado de todo lo demás. La colocación de la lámpara era un punto esencial. Esta no podía quedar en el centro de la frente ni tampoco en posición enteramente horizontal. Ambos éramos derechos por lo que la lámpara tenía que quedar a la izquierda e inclinada muy ligeramente hacia abajo de manera tal que al levantar el rifle y apuntar, la luz coincidiera con la mira del arma.

Constantemente probábamos nuestros rifles (y nuestra puntería) de día y de varias maneras. Utilizábamos cartoncillo blanco con un punto negro al centro, monedas de pequeño tamaño y hasta cigarrillos empotrados en las nudosidades de los troncos de árboles. Todo a unos treinta metros de distancia, la media a la que le tirábamos a los conejos, hasta convencernos de que los pequeños proyectiles perforaran el disco en su centro o le diéramos a la moneda, o partiéramos el cigarro. Esta exigencia era necesaria pues a los conejos debíamos darle en la cabeza y no en ninguna otra parte del cuerpo y de noche las condiciones siempre se hacen más difíciles.

Terminada la revisión iniciábamos la cacería. Nuestra condición física debió haber sido muy buena pues caminábamos casi toda la noche calculando siempre que al amanecer estuviéramos de nuevo en la carretera y aunque el terreno era plano en su mayor parte, no estaba libre de cañadas y demás accidentes que dificultaban nuestra marcha.

Pero los rabitos abundaban pues la vegetación era muy propicia para ello; hierbas ralas, brotes verdes de cuando en cuando, palmas del desierto, abundantes nopaleras y huisaches. Toda la vegetación era baja, lo que nos permitía orientarnos por las estrellas.

El peso de nuestra carga iba aumentando conforme se desarrollaba la cacería por las presas que íbamos cobrando. Los últimos kilómetros, de regreso, eran los más pesados.

No faltaban por supuesto incidentes  y pequeños problemas en estas excursiones: El encasquillado de los rifles, que a su vez nos obligaba a desensamblarlos utilizando para ello el desarmador de la navaja, el agotamiento de la pila, el fundido de los focos que era bastante frecuente, la rotura ocasional de las conexiones y hasta de piezas del arma. Todos ellos problemas menores.

En cuanto a la soledad y el posible extravío, éramos bastante precavidos y no nos alejábamos uno de otro hasta perder de vista la luz de la lámpara compañera. Pero una noche sucedió algo que recordaríamos para siempre.

La naturaleza dispone, organiza y regula. No siempre comprendemos plenamente sus designios y a veces obramos en contra de ellos. En algunos casos, cuando la desobedecemos, se muestra colérica y hasta vengativa. Aunque las regiones semi-desérticas como esta de la que venimos hablando, aparecen a primera vista desprovistas de vida, están por el contrario llenas de ella.

Muchos animales se han adaptado a los escasos recursos que ofrece. Abundan ahí, además de los conejos, liebres, tortugas de tierra, variedad de diferentes lagartijas, algunos otros lacértidos, codornices y el pequeño faisán falso (correcaminos). Tal abundancia de fitófagos e insectívoros tenían que estar acompañados, según natura sabia, por los correspondientes predadores para evitar su proliferación excesiva ocasionando con ellos problemas a las mismas especies.

Por lo tanto también había gavilanes y halcones que depredaban de día y otros, más numerosos, que lo hacían de noche: búhos, zorros, coyotes, comadrejas y por último serpientes. Con todo ello la naturaleza pretende establecer un razonable equilibrio.

Aquella noche todo se iba desarrollando sin incidentes dignos de mencionar. Habíamos descendido del camión muy poco después de pasar Cadereyta, pueblo atravesado por un río que como algunos otros del norte desértico se mantiene seco hasta por varias temporadas. Es como el mismo Santa Catarina que atraviesa Monterrey y cuyas avenidas, separadas por períodos de largos años han ocasionado tragedias cuando las abundantes lluvias serranas hacen descender violentamente las aguas hasta la misma ciudad. El hombre se hace confiado, luego descuidado y por último imprudente. Y de cuando en cuando es castigado por ello.

Avanzada la noche, que había sido fructífera, nuestro andar se había hecho más lento por el peso de los conejos cosechados y cuando llegamos al ancho lecho de un río totalmente seco hicimos un alto y dialogamos. Este río no puede ser más que el Cadereyta y debemos estar cerca del pueblo, fue la conclusión de nuestra plática.

Desde ahí el plan nos pareció muy claro, seguiríamos el río hasta llegar al pueblo. Al cabo de una hora ya nos habíamos dado cuenta de dos cosas:

Caminar por el río era mucho más difícil que hacerlo por el monte. Ciertamente no había vegetación alguna pero el caminar sobre arena o sobre piedra resultaba ser mucho más fatigoso y segundo, el río era extremadamente caprichoso. Aunque sus curvas eran bastante amplias la orientación de las estrellas nos permitía observar las grandes variantes de su curso y darnos cuenta de que caminábamos en todos los sentidos posibles. Comenzamos in mente a comprender que habíamos cometido un serio error. Nuestro caminar se hacía cada vez más cansino.

A la mitad de uno de mis pasos apareció el terror. Fue un ruido sordo frente a mí que identifiqué instantáneamente. El pie que estaba en el aire retrocedió violentamente y mi paso hacía atrás golpeó a Nicolás que venía detrás de mí. El choque restableció mi equilibrio evitando que cayera, pero deshizo el de Nicolás quien cayó sentado, afortunadamente sobre arena blanda. Debió haber estado sorprendido y asustado pero yo no lo miré, mi lámpara había bajado para cerciorarse de lo sospechado.

Y sí, efectivamente, ahí estaba la muerte.

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Las víboras, del latín vípera, tienen un proceso de parto en el cual los huevos eclosan en el interior del animal. La palabra vípera resulta ser una contracción de vivípare. En realidad los animales a los que nos estamos refiriendo pueden ser llamados ovovivíparos.

Dentro del suborden de los ofidios la familia de los crotálidos (griego crótalus, castañuelas) comprende unas sesenta especies de las cuales la mayor parte son originarias de, y viven en, América.

Algunas de ellas habitan en el Sur de Asia y están comprendidas entre la familia crotálidos porque poseen varias de sus características. Pero no tienen cascabel. Algunas de la numerosa familia en América, tampoco lo tienen.

Por último, tampoco las de África presentan cascabel.
 
 
El cascabel se forma por los últimos revestimientos de la cola que se conserva en cada una de las mudas. El crotálido muda dos o tres veces al año por lo que no se puede deducir la edad del animal por el número de cascabeles que presenta. Muda de piel porque crece, por lo tanto cada cascabel es más grande que el anterior. El cascabel más pequeño es el del extremo y el más grande el que permanece pegado a la cola del reptil.

Se ha discutido hasta la saciedad de la peligrosidad de muchas de las serpientes del mundo sin llegar a ningún acuerdo por que los daños y la mortalidad producidas por la mordedura de cada una de ellas varía de acuerdo con las circunstancias. Las que gozan de esta infame notoriedad son principalmente:

En África la mamba, la víbora de Gabón y las cobras del género naja, escupidoras y áspides (como la de Cleopatra).

En Asia la víbora de Russell y la cobra hamadrías. Se dice de la primera que ha causado millares de muertes.

En América del Norte tienen fama las de coral, las moccasin, la massasauga, la "boca de algodón", la "cabeza de cobre" y las que tienen cascabel, mientras más grandes más letales.

En América del Sur y Central, abarcando México, la surucucu, terror de la maleza, que es la mayor de los crotálidos y que tiene el nombre de una de las parcas lachesis mutus. Se le llama mutus, es decir, muda, porque no tiene cascabel. Esta y la víbora moharra (fer de lance) tienen bien ganada su reputación de altamente ponzoñosas y obligaron a Brasil a establecer un gran laboratorio productor de antídotos. Una de estas dos tiene que ser nuestra nauyaca, no descrita en ningún libro pero que abunda en los estados del sureste de México, muy temible y conocida con diversos nombres: Sorda, cuatro narices y barba amarilla.

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A mis espaldas oí una exclamación de asombro y pavor. Nicolás se había levantado y como yo, estaba contemplando al animal que era, según nuestros conocimientos, un crótalus hórridus de un tamaño sorprendentemente grande, una de las serpientes más venenosas del mundo. La reconocimos por el brillo grisáceo de sus escamas y porque no presentaba un dibujo especial en el dorso sino una bandas transversales y manchas más obscuras. Estaba enrollada en posición de ataque levantando su cabeza unos 30 cms. y su cola un poco menos. Esta no había dejado de vibrar y continuaba produciendo el ruido seco que me había hecho reaccionar.

La lengua del animal entraba y salía de su boca pero si emitía algún sonido no lo oímos tal vez porque el ruido del cascabel lo apagaba.

Casi simultáneamente levantamos los rifles. El estruendo del primer disparo hizo que el animal se decidiera a escapar.

Infortunadamente lo hizo de la forma menos apropiada pues si hubiera reptado alejándose de nosotros lo más probable es que nuestros disparos no la hubieran tocado pues su velocidad de desplazamiento fue sorprendente. Por esta misma razón si se hubiera dirigido hacia nosotros, con toda seguridad habríamos vuelto la espalda y huido de ella; pero comenzó a desplazarse paralelamente a nosotros mientras le disparábamos frenéticamente una y otra vez hasta que por fin un disparo de Nicolás le acertó a la columna vertebral en el cuello y a 12 o 15 cms. de la cabeza.

El cuerpo se paralizó pero la cabeza continuó moviéndose lentamente de un lado a otro lo que nos permitió acercarnos a ella y acertarle otro disparo en pleno cráneo. Entonces sucedió algo curioso, el cuerpo empezó a contraerse bastante presentando movimientos laterales de muy poca amplitud.

Fue hasta entonces que me di cuenta que dentro de los pantalones las piernas me temblaban como si fueran de gelatina. Me las froté con la mano izquierda reciamente pero el temblor no cesaba.

Nicolás nunca confesó que le hubiera pasado lo mismo, pero cuando yo le miré el rostro observé que su tez normalmente morena estaba pálida hasta la exageración. Yo debo haber estado igual.

Pasó un largo rato antes de que nos decidiéramos a acercarnos a la víbora para cerciorarnos de que estaba totalmente muerta. Como si pensáramos que todavía podía moverse y con gran cuidado Nicolás se arriesgó a sujetarle la cabeza poniéndole la bota y asentando encima todo su peso mientras yo hacía el esfuerzo de estirar la víbora, lo que no fue tan fácil ya que la musculatura del animal, con su rigidez refleja no me lo permitía. Procedimos a medirla con los elementos que teníamos a la mano: Los rifles. Del cuello hasta el último cascabel, la medición nos daba dos rifles casi completos. Este dato nos permitiría posteriormente, una vez medidos los rifles establecer su longitud en aproximadamente 1.90 mts. Además era desproporcionalmente gruesa. Por último le cortamos el cascabel para regalárselo a un amigo guitarrista. Se presume que el cascabel metido dentro de la caja de la guitarra le da mejor sonido.

Una vez efectuadas todas estas labores remontamos la margen del río y haciendo continuas paradas llegamos a la carretera después de la aurora y cuando el sol empezaba a aparecer en el horizonte frente a nosotros.

La tarde del sábado la dedicamos al relato de los acontecimientos. Dentro del grupo reunido había algunos cazadores experimentados que nos hicieron muchas preguntas para aclarar los puntos faltantes de nuestra historia.

¿Cómo era la cabeza?.
Muy ancha en relación con el cuello, triangular, achatada en el hocico.

¿El grosor del animal?.
No lo medimos pero era muy gruesa, aplanada en la base y ligeramente más alta que ancha.

¿A que altura levantaba la cabeza?.
Unos 30 o 40 cms.

¿Había comido?.
No observamos engrosamiento en el cuerpo que indicara la presencia de alguna presa en su interior. La pregunta era de un gran significado, nos explicaron, porque con la mordedura previa del animal cazado la víbora habría perdido una buena parte de su veneno.

Intentamos reproducir el sonido de la cascabel con las manos. Al no lograrlo la sujetamos a varillas flexibles y las agitamos tan velozmente como pudimos: imposible. Para reproducir el ruido necesitábamos otra vez la cascabel viva.

Las deliberaciones concluyeron con un diagnóstico unánime y terrible: si me hubiera mordido no hubiera sobrevivido y no lo estaría contando.

Con el tiempo mis reflexiones me llevaron por otro camino. Nosotros encontramos una serpiente venenosa y mortal y la habíamos matado. ¡Qué bien!. Desde el punto de vista egoísta del hombre tenemos que asesinar todo lo que consideramos dañino. Pero nosotros habíamos invadido el territorio de la cascabel y estábamos diezmando los animales de los que se sustenta. A pesar de ello la cascabel no quiso matarme. Al revés, me salvó la vida o me la perdonó, o ambas. El furioso repiqueteo de su cola no era una amenaza sino una súplica. Estoy aquí decía, no te acerques, no me lastimes. Soy peligrosa. Si en ese momento nos hubiéramos retirado, no habría sucedido nada porque el animal no tenía la menor intención de atacarnos. No tenía necesidad de ello porque no éramos su alimento, la verdadera y natural razón de su existencia y el único motivo por el cual se ve obligada a morder. Respondimos a su gentileza de la manera más cruel posible como los seres destructores que somos y no entendimos que nobleza obliga y ya que el animal me había perdonado debíamos haber procedido con él con la misma magnanimidad que mostró.

Vergonzosamente nos colocamos, en la escala animal, por debajo del nivel de la misma serpiente.

Tigre, tigre

Toño no necesitaba despertador. Jamás lo había usado. Desde su llegada al rancho comenzó el acomodo del ciclo diario de sus actividades. A las 5:00 de la mañana se despertaba y extendía su mano hacia la fuerte cuerda que sostenía la hamaca en el aire; de ahí recogía su pantalón e introducía sus extremidades en las perneras. En plena oscuridad se inclinaba para levantar las botas. Antes de ponérselas las sacudía enérgicamente suela arriba para precaverse contra la posibilidad de arañas, alacranes o cualquier otro bicho peligroso. Con las botas puestas ya podía asentar los pies en el suelo y continuar con el proceso de alumbrarse y completar su atuendo.

Esta vez su personal reloj le mandó repetir estas operaciones media hora antes. Habría que apresurar las labores pues tenía que ir a Campeche a informar de sus recientes observaciones. A su juicio esto no podía ya ser diferido.

Sus cálculos fueron bastantes precisos. El camión pasó con escasos minutos de diferencia sobre la hora prevista y fue abordado por Toño en su ruta hacia el norte. La distancia total que tendría que recorrer hasta la ciudad era de cerca de 200 kilómetros y tomaría alrededor de 4 horas.

Cerca del medio día, con la peculiar actitud y caminar de la gente del campo fuera de su ambiente, entró al consultorio y solicitó ser recibido. Esperó en la antesala la salida del paciente que en esos momentos atendía el Doctor y cuando estuvo frente a éste sus primeras palabras fueron: "Doctor, hay un tigre en el rancho".

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La finca fue adquirida por tres hermanos y un primo que lo era tanto por el lado paterno como por el materno por lo que tenía exactamente los mismos apellidos. El trato, consideración y afecto eran los mismos entre hermanos y primo. Este era un hermano más.

Por estas razones el rancho debió haberse llamado "Entre hermanos" y no "Entre amigos" que fue el nombre con que se inició y que conservó.

Lo que los hermanos compraron fueron 750 hectáreas de selva. Cuando se habla de hectáreas ganaderas, la consideración en cuanto a su utilidad puede variar profundamente. En los terrenos semidesiertos del norte, cuatro o cinco hectáreas son necesarias para el sostenimiento de un solo animal, mientras que la humedad, fertilidad y otros factores de las zonas tropicales permiten, dependiendo del cuidado y de la experiencia que se tenga en el asunto, lograr que una sola hectárea sustente a varias reses.

Había que comenzar por el terreno. Con la excepción del primo, que poseía algunos conocimientos transmitidos por parientes políticos, ninguno de los bisoños propietarios tenía la menor idea de como iniciar los trabajos. Así fue como, recomendado por un tío, llegó Toño del estado vecino. Era muy joven y hablaba muy poco pero pronto demostró que el consejo del pariente había sido acertado.

Si bien los hermanos no teníamos experiencia, nuestro entusiasmo rayaba en la locura. Seríamos ganaderos.

Toño recibió todo el apoyo que se le podía dar y lo aprovechó íntegramente. Su trabajo, su dedicación y su responsabilidad se notaron muy pronto en  "Entre amigos ".

Las primeras labores fueron las más arduas y las dificultades que se iban encontrando a cada paso hubieran desanimado a cualquiera menos apasionado que nosotros.

La preparación de cada hectárea para la siembra de los pastos, que se efectuaba a mano limpia, con herramientas rudimentarias y sin la ayuda de siquiera un tractor era una tarea, no solamente afanosa y agotadora, sino además llena de peligros.

La selva, no acostumbrada a ser hollada, se defendía enérgicamente. Exuberante, tupida y desigual, enfrentaba su ejército de arañas, alacranes, hierbas urticantes y serpientes venenosas al esfuerzo de dos o tres trabajadores capitaneados por Toño. Las nauyacas eran el enemigo más peligroso pues varias de ellas se encontraban en el desmonte de cada hectárea. Pero los macheteros sabían a lo que se estaban enfrentando de manera que la preparación de las hectáreas que se destinarían a la pastura se realizaba lenta pero seguramente.

Bastante tiempo después de iniciadas las labores uno de los trabajadores pagó su tributo a la madre naturaleza cuando fue mordido por uno de estos ponzoñosos reptiles. El suceso demostró una vez más la eficiencia y conocimientos del mayoral, cuya rápida y atinada intervención salvó la vida del trabajador aunque no pudo evitarle bastante sufrimiento.

El bosque era prodigiosamente bello. Los grandes árboles en cuyas ramas anidaban muchas aves y también algunos mamíferos dominaban como señores de la selva. Abajo, los más pequeños, los arbustos y las plantas trepadoras pugnaban por abrirse paso entre la densa sombra hasta lograr el influjo bienhechor del sol.

Encontramos que este bosque albergaba algunos cedros y caobas, ceibas, palmas reales, uno que otro granadillo, hobos y macayas y una infinidad de árboles cuyo nombre en español nunca nos fue conocido pero que formaban la mayor parte de la vegetación alta y frondosa: Pucté, tzalam, barí, chacté, bactzoz, y otros cuyos nombres mayas no recordamos.

En cuanto a los animados, además de las serpientes y otras alimañas poco deseadas, en el monte merodeaban zorros, pécaris, tairas, mapaches, tejones, venados y otros.

En las ramas de los árboles y por encima de ellos los pájaros y sus predadores, halcones y gavilanes. Y por fin, completando todo este impresionante zoológico, una gran colonia de monos araguatos que tenían como jefe un gran macho de pelaje plateado en el dorso y cabeza y que con sus estruendosas voces, casi rugidos, nos adormecían algunas noches, especialmente las de plenilunio.
 

Mono araguato.-Alouatta palliata
Todo lo que hasta ahora conocemos acerca de los gorilas nos hace suponer que son parientes cercanos de los araguatos. Estos últimos serían una variedad enana y con cola, que tienen costumbres mayormente arbóreas y se deslizan entre las ramas con agilidad semejante a la de los monos araña, ligeramente más pequeños y más esbeltos. Los gorilas pasan la mayor parte del tiempo en el suelo.

Los araguatos desafían a todo aquel que se acerca a sus dominios. El reto se manifiesta con rugidos, sacudiendo violentamente las ramas de los árboles, y por último bajando de las copas de estos hasta más o menos la mitad de la altura en actitud amenazadora. Como en el caso de los gorilas, todo esto es puro aparato. El araguato no se acerca al hombre que está en el suelo ni siquiera por casualidad, pero tiene que demostrar su gran valor ante los asombrados ojos de todos sus seguidores, hembras y descendencia.

El fondo del rancho apuntaba hacia la gran laguna marítima de Términos, cuyas aguas se ven endulzadas durante la época de lluvias por las profusas avenidas de los grandes ríos que en ella desembocan. El más cercano a "Entre amigos", el "Candelaria", que cruza la carretera unos 20 kilómetros hacia el sur cambia después su curso con una generosa curva hacia el norte que lo hace pasar por detrás de la finca antes de su desembocadura en el amplio golfo convertido en laguna por la mezcla de sus aguas y por la Isla del Carmen llamada también de "Tris", estrecha pero de 36 kilómetros de largo, que separa el golfo del mar abierto dejando solamente dos relativamente estrechos canales: al suroeste, entre Zacatal y Carmen y al nordeste entre Puerto Real e Isla Aguada. Dos grandes brazos o albuferas, el de Atasta y el de Sabancuy amplían considerablemente la superficie de la laguna.

Entre la parte posterior del rancho y el Candelaria o la laguna se extienden decenas de kilómetros cuadrados de selva cerrada, enigmática y prácticamente virgen.

De este gran parque llegó nuestro visitante.

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Ramón se levantó de su sillón, saludó afectuosamente a Toño, lo invitó a sentarse y regresó a su sitio pero no le hizo ninguna pregunta. Sólo le clavó la mirada, arrugó el ceño y levantó una ceja. En el mudo lenguaje que se había establecido entre los dos aquello significada una orden bien precisa: le estaba pidiendo que continuara.

Toño se explicó. Seis semanas atrás había encontrado los restos de un venado de regular tamaño. Estaban tapados por hojarascas, ramas y tierra. El sitio hubiera pasado desapercibido para cualquier otro que no tuviera la perspicaz mirada de Toño pues lo cerrado de la selva había impedido la presencia de buitres carroñeros que avisan claramente de un animal muerto.

Desde el principio Toño advirtió que se trataba de un felino de gran tamaño. No se intranquilizó, pues todos los vecinos hablaban ocasionalmente de sucesos semejantes que casi nunca iban más allá.

Pero en las semanas siguientes encontró los restos de dos cérvidos más en condiciones semejantes a las del primero. Esto coincidió con la queja de uno de los vecinos que decía haber perdido misteriosamente uno de sus becerros.

La cuarta presa del felino, un ciervo bastante grande, había sido encontrado dos días antes de su visita a Campeche a unos cuantos metros de la cerca que separaba de la selva el campo preparado para potreros.

De acuerdo con su apreciación al animal le había gustado su nuevo dominio.

Por muchos que fueran los venados, tenían que escasear y con toda seguridad el tigre ya había observado, agazapado a unos cuantos metros de la cerca, al ganado pastando, por lo que no sería extraño que pronto atacara a uno de los becerros. Si bien esto no sucedía todos los días, muchos ganaderos de esta zona y de otras del estado habían perdido ocasionalmente animales en las zarpas y fauces del gran devorador de quien se contaban sucesos inquietantes pero en su mayor parte exagerados.

Que un tigre era capaz de brincarse una cerca con un becerro de su mismo peso a cuestas. Que un tigre había arrastrado a una res de casi 200 kilos hasta atorarla en dos árboles, y así por el estilo. Como los felinos de otras partes del mundo han sido cuidadosamente estudiados, estamos conscientes de que los leopardos, parientes más pequeños del jaguar son capaces, no solamente de arrastrar sino de subir a un árbol a una presa de mayor peso que el mismo leopardo. Lo que se cuenta de los jaguares puede ser posible. Recordaron también los ataques de jaguares a seres humanos que los chicleros contaban a su regreso de la temporada con amplios y espeluznantes detalles que en algunos casos parecían reales y otros creados por la imaginación y producto del miedo. Había casos probados.

Años atrás, en un poblado rodeado por la selva, una niña había sido arrebatada de su hamaca por un jaguar que enseguida fue perseguido, cercado y muerto por los habitantes del pueblo. El hecho, por lo inusitado, fue comentado en periódicos más allá de los límites de la nación y no dejó lugar a dudas.

El hombre no constituye presa natural de los grandes felinos de cualquier parte del mundo. Los esporádicos ataques, una vez estudiados minuciosamente, revelan que en todos los casos ha habido circunstancias excepcionales que han propiciado la muerte de seres humanos y casi todas ellas se centran en la imposibilidad del felino para cazar sus presas habituales.

Pero tanto Toño como Ramón sabían que esta posibilidad, por remota que fuera, existía, y todo ello hizo al segundo coincidir con la afirmación de Toño. Había que perseguir al diablo, manchado o no.

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Cerca de 5 años antes había tenido lugar el encuentro de la pareja. El macho y la hembra cazaron juntos a partir de ese momento y hasta  poco antes del parto que fue cuando el macho desapareció convencido, según su naturaleza, de que su labor había sido cumplida. Tal vez regresaría en el momento apropiado para cubrir de nuevo a la hembra. Tal vez no.
 
Jaguar.-Panthera onca
En la semicaverna formada por una desigualdad del terreno y teniendo como techo el grueso tronco de un Pucté, nació el gatito. Como es frecuente, vino acompañado de una hermana.

La áspera y rugosa lengua de la madre fue el instrumento usado por ésta para el primer aliño que recibieron los cachorros antes de que su primer alimento les fuera ofrecido.
 

Los primeros días no hicieron más que comer y dormir. A los dos meses de vida asomaron por primera vez su morro a la boca de la cueva y tuvieron la primera impresión del ambiente que les correspondería.

Simultáneamente comenzaron a mezclar sus comidas cuando la madre les permitía probar la carne de los diversos animales que cazaba y fue también en este momento cuando se inició la etapa más peligrosa de sus vidas. Su progenitora, acuciada por el hambre y el desgaste que había sufrido en la alimentación de los pequeños, tenía que alejarse de la cueva por largas horas en busca de presas suficientes para saciar, no solamente su apetito, sino también el de su descendencia. Y los peligros para los inexpertos cachorros abundaban.

Afortunadamente para ellos nada grave les sucedió. Cuando el período de aprendizaje comenzó, acompañaban a la madre en sus correrías y ésta no permitía que en sus travesuras se alejaran de ella.

La dieta del gran devorador abarca todo lo que en la selva se mueve. Desde los más pequeños roedores como ratones, ratas de campo, ardillas, conejos, aguties y tepezcuintes, perdices, faisanes y pavos. Todo aquello que tiene carne y sangre puede ser alimento de los monarcas de la selva: pécaris, tortugas y sus huevos, y por último venados. Se afirma que son capaces de atacar, matar y comer boas, tapires y hasta manatíes.

Los curiosos cachorros se entrenaban con los animales más pequeños, la mayor parte de las veces sin los resultados deseados. Pero todo llega a su tiempo y eventualmente los pequeños aprendieron a usar sus garras y colmillos y comenzaron a ser, como su madre, asesinos de la selva, aunque tal vez este calificativo sea injusto pues cada uno de los seres de la creación tiene que buscar el alimento que les permita vivir. Si no aprenden a matar serán ellos quienes mueran.

Avanzados los meses los jóvenes comenzaron a alejarse de la madre por períodos cada vez más prolongados y fue la hembra quien se ausentó definitivamente coincidiendo este abandono con la presentación de su primer celo. El aprendizaje había terminado y ya podían valerse por sí solos.

A los cuatro años de nacido el macho, ya en su máximo crecimiento y en el esplendor de su pujanza, más de 80 kilos de fibra y músculo, arrogante y taimado, llegó a "Entre amigos" y ahí sentó sus reales.

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Una vez enterado de las precisas informaciones de Toño y revisados los comentarios generales sobre las andanzas de los tigres de la zona Ramón inició a su vez su trabajo de información.

Los otros tres propietarios vivían cada uno en ciudades distintas y lejanas del sitio de los acontecimientos. Fueron apresuradamente informados con todos los detalles posibles y sus preguntas respondidas. Llegaron a la misma definición. Pero aquí apareció una interrogante ¿se trataba de un jaguar o de un puma?.

"El jaguar busca de preferencia monos y perezosos, el puma es más selectivo y sus presas principales son venados", arguyó uno de los hermanos.

La opinión fue tomada en consideración pero había que tomar en cuenta muchos más datos.

Sabiendo que: el jaguar es, entre los grandes felinos del mundo, el tercero en tamaño solamente superado por tigres asiáticos y por leones tanto africanos como asiáticos; el tamaño, peso y fuerza de los ciervos que en el rancho estaba comiendo; el calculo del tiempo en que devoraba por completo a sus presas, etc. etc. y una vez sopesado todo esto, las apuestas fueron mayoritariamente para un jaguar.

Tanto el jaguar como el puma tapan con ramas y hojas sus presas para preservarlos de animales carroñeros mientras regresan a comer por lo que no fue una circunstancia que se tuviera en cuenta.

Además el peso máximo que se le atribuye al puma es de unos 80 kilos mientras que el jaguar puede superar ocasionalmente en Norteamérica los 100 kilos. Se habla de jaguares de Sudamérica de 150 kilos pero hay que tener en cuenta que las condiciones bajo las cuales se desarrolla el mismo animal en cuanto a regiones, calores, selva y alimentación puede hacer variar tanto el peso como la coloración y el aspecto de cada felino.

Los hermanos intercambiaron estas y otras muchas opiniones brevemente dada la premura que debíamos tener para combatir la amenaza. Cada uno de ellos tenía diferentes ocupaciones que dificultaba la reunión de los cuatro en "Entre amigos" pero al fin se logró fijar una fecha en la que tres de ellos podían estar presentes para organizar una gran batida.

No imaginamos la posibilidad de poner cebos para matar al tigre en acecho que es el medio más eficiente que los cazadores usan para lograr la preciada piel del animal pues queríamos ser participantes personales en la cacería del ofensor.

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Una vez reunidos en "Entre amigos" con todos los amigos cazadores con los que se pudo contar nos dedicamos a esbozar la logística de la operación.

Las batidas tendrían lugar al día siguiente y temprano. El terreno en donde el animal desarrollaba sus actividades no podía ser cubierto sino con varias batidas por lo que los expertos estudiaron a fondo todas las posibilidades y determinaron que la primera batida debía hacerse de manera que cubriera el sitio en donde se había encontrado la última presa. Los batidores comenzarían su trabajo a partir de la cerca que limitaba los potreros y se encaminarían hacia el fondo del rancho a través de la selva.

Los cazadores tenderían una línea paralela a la de los batidores pero a unos 500 o 600 metros de distancia. La superficie total de la batida abarcaría unas 40 hectáreas. Todo se organizó entre risas, anécdotas, bocadillos y tragos  y con una euforia digna de mejor causa.

Fueron examinadas y preparadas las escopetas. Su  funcionamiento, los cartuchos y la carga de postas apropiadas fueron también comprobadas. Una vez convenidos totalmente los procedimientos y los quehaceres de cada uno nos dispusimos a dormir, cada quien como pudo, en la pequeña casa principal del rancho, unos en la habitación principal y otros en la amplia veranda o terraza que nos servía para toda clase de menesteres. Según nosotros el tigre no sabía lo que le esperaba.

Un cielo limpio, estrellado, carente de nubes y también de luna fue lo primero que contemplamos cuando nos despertaron bastante antes de que amaneciera. Se preparó café para ahuyentar los últimos rastros del sueño, se repitieron los bocadillos de la noche anterior pero esta vez con café. Por fin, al comenzar a clarear el día la fila de cazadores y batidores inició su recorrido hasta los sitios que se habían escogido y no tardamos mucho en alcanzar la cerca.

A lo largo de esta, que veíamos extenderse claramente, el terreno estaba despejado, pero después de dejar a los batidores y a unos cuantos metros, nos envolvió la selva y con ella todavía la oscuridad. Los cazadores y quienes abrían el camino continuamos en una línea vertical perpendicular a la que seguirían los batidores mientras el día aclaraba rápidamente.

Hasta este momento el camino había sido fácil pues estabamos siguiendo una senda por la que los caballos del rancho transitaban constantemente.

Sin embargo desde que salimos del espacio abierto habíamos notado una diferencia seria de temperatura que reemplazaba rápidamente  la frescura de la mañana. El calor se acentuaba velozmente. Los macheteros hicieron un alto y nos indicaron el momento en el que abordaríamos en serio la selva pues la distancia indicada ya había sido recorrida. También habían convenido con los batidores el tiempo de espera para permitir que los cazadores ocuparan sus sitios.

En cuanto alcanzamos la selva empezaron a presentarse los problemas. A pesar del filo de los machetes y la reciedumbre y conocimiento de la gente del campo nos percatamos enseguida de lo difícil que se presentaba lo que habíamos creído que era un simple paseo.

Al frente teníamos no una simple barrera sino una verdadera pared de vegetación, hierbas, arbustos y lianas, que en ese momento no mostraba verdor sino negrura. Era todo lo que teníamos a nuestra vista.

Entre machetazos y maldiciones, la apertura, si así podía llamarse, se hacía con lentitud desesperante y aún después de ser supuestamente abierto el camino los cazadores tropezaban con ramas, hierbas y troncos caídos. Recibíamos repetidamente golpes y arañazos que nos ocasionaba el desplazamiento de las ramas que los macheteros no habían cortado y que imprudentemente cada cazador soltaba como proyectiles al que venía atrás.

Todavía un iluso nos recomendó guardar silencio para no advertir a la fiera.

A todo ello no sabíamos en ningún momento para donde íbamos pues ocasionalmente había que dar vuelta a un árbol para encontrarse enseguida con otro de igual grosor que nos obligaba a dar otra vuelta en el mismo sentido o al contrario.

A veces parecía que estabamos regresando.

No nos quedaba más remedio que confiar en la orientación de los macheteros.

Aquí uno, se oyó una voz que me pareció lejana pero que había provenido de alguien que estaba a solo unos metros de distancia. La fila se cerró cuando uno de los de ella había respondido:  "Yo me quedo". Enseguida el macheteo se reanudó. Al pasar al que había decidido quedarse en el primer sitio, observé su cara ya roja y sudorosa. Me miró con descanso o tal vez con lástima. Nos encontramos otra vez con la pared que parecía no ceder su espesura. En ese momento decidí estar pendiente de las voces de los macheteros para cuando ellos decidieran el siguiente puesto, pues solamente por vergüenza no había sido el primero.

En cuanto pude adelanté a un cazador que se había detenido para reatar sus botas y poco después adelanté a uno más en mi afán de estar cerca de los macheteros y ser el primero en hablar después de ellos.

Supuestamente cada cazador debía estar separado del otro unos 100 metros. Esta distancia y lo cerrado de la selva impediría que los perdigones llegaran de un cazador a otro aún cuando tiráramos en la misma dirección del precedente o del que seguía.

En este claro otro, repitió la voz y respondí inmediatamente: "Me quedaré yo". Di unos pasos tan rápidos como podía para llegar hasta donde estaban los macheteros. Los demás cazadores me miraron con envidia. En un instante sorprendentemente corto dejé de ver al último de la fila, pero también deje de oír el silbido de los machetes y el ruido de las gruesas ramas al ser cortadas o quebradas. Un silencio ominoso se abatió sobre mi puesto.

Por unos instantes me dediqué a examinar mi posición y la del claro que se había mencionado. El supuesto claro era solo un espacio entre dos árboles, de dos y medio a tres metros de anchura que se prolongaba hacia el frente por unos cuatro metros más de vegetación bastante baja. Todo este claro estaba rodeado de la misma pared antes señalada. Reflexioné por un buen rato en el que también me percaté de que la selva no era tan silenciosa como me había hecho pensar la terminación del estruendo anterior. Estaba llena de murmullos, roces y cantos de pájaros lejanos.

Mis reflexiones no resultaron optimistas. Si cada cazador estaba separado del otro 100 metros y si yo era capaz de ver cuando mucho 5 metros a cada lado, el animal que perseguíamos tenía 90 metros entre cazador y cazador para pasar sin ser visto ni oído.

Continué con mis tristes pensamientos hasta que llegue a una consideración regocijante. Existía una posibilidad de que el tigre perdiera la vida debido a nuestras acciones temerarias. Con toda seguridad moriría de risa.

El tiempo pasaba con lentitud enmedio de la quietud y el medio silencio de la espesura. Mi mente comenzó a trabajar en otra dirección. No conocíamos ni el tamaño ni la fortaleza de nuestra posible presa. Pero esta era capaz de derribar y matar, probablemente con gran facilidad, a venados de unos 70 kilos cuya musculatura y agilidad son bien sabidas. Dos o tres hombres juntos no serían capaces de sujetar con solo las manos a uno de estos animales, todo tendones, músculo y cascos tan afilados como lo hoja de un formón. Si el tigre los mataba una y otra vez le sería mucho más sencillo liquidar a uno de nosotros sin esforzarse en lo más mínimo.

Dejé de pensar en la posibilidad de matar o herir al tigre. Al revés, debía precaverme contra su ataque.

Detrás de mí se levantaba un árbol con raíces que partían en triángulo de su tronco antes de hundirse en la tierra. Con una de esas raíces entre mis piernas me pegué cuanto pude al tronco protector. A pesar del sudor, de la larga espera y las molestias de algunos insectos no estaba dispuesto por ningún motivo a separarme de mi refugio.

Pasó una eternidad sin que viera ni escuchara nada. Supuestamente alguno de los batidores tenía que llegar cerca de mí y detenerse en la brecha por la que habíamos atravesado el bosque. Ellos si advertirían inmediatamente el camino semiabierto por los macheteros. Pero esto no sucedió. Al cabo de un tiempo que me pareció interminable oí, ya cerca de mí, el regreso de los que habían continuado por la brecha y pronto se detuvieron a descansar en mi puesto aparentemente sin tener nada importante que comentar. Venían cubiertos de sudor, de arañazos y de golpes, cansados y enrojecidos y nadie fue capaz de insinuar siquiera algo sobre la siguiente batida. Vencidos y exhaustos regresamos hasta la casa del rancho sin que nada  se hablara.

Después de habernos refrescado lo suficiente comenzó a renacer el ánimo y alguien habló sobre una nueva oportunidad de intentar cazar al animal en una fecha posterior, que jamás se llevó a cabo. Tal vez cuando hicimos las batidas el tigre ya no estaba en "Entre amigos" o tal vez nuestros movimientos en la selva le indicaron que no era conveniente mantenerse en actividad por aquellos lares. El hecho es que a partir de ese momento ya no se encontraron mas venados muertos.

El animal u otro semejante regresó tres años después al rancho. Llegó y se fue, inadvertido como la vez anterior, después de haber matado algunos venados. Nunca atacó a una de nuestras reses y tampoco fue visto por nadie por lo que la incógnita sobre su identidad, jaguar o puma, no fue definida.

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Todas las veces que platicamos sobre los sucesos aquí relatados llegamos a la conclusión de que nuestro fracaso fue lo mejor que podía haber sucedido. Hubiera sido muy triste que hubiéramos matado o peor, herido, al tigre. A fin de cuentas este no estaba mas que intentando sobrevivir. La perdida de los venados del rancho y aún el posible evento de que el animal hubiera matado uno o dos de nuestros becerros no hubiera sido una tragedia para nosotros.

Lo único realmente lamentable fue que el sigilo, lo elusivo del tigre no nos haya permitido observar a este espléndido animal, regia creación de la naturaleza, en su ambiente natural, o mejor todavía, en la plena actividad de cazar su alimento. Hubiera sido un espectáculo reservado solamente a unos cuantos  y por lo tanto inolvidable.

La Chamaca

1.- La escopeta.

Habíamos pasado remojados en la playa toda la mañana pero cuando el sol se hizo insoportable salimos a refrescarnos a la sombra de la palapa  mediante refrescos y cervezas que habíamos colocado previsoramente en sus neveras respectivas.

Cerca del medio día llegó la Chamaca. No era una visita común pues Acapulquito no estaba dentro de su acostumbrado itinerario dominical. Fue recibido con agrado por todo el grupo y se le ofreció una cerveza que aceptó de inmediato. Nos extrañó que su semblante, normalmente hosco, en esos momentos estaba radiante.

Se cambiaron los primeros saludos y comentarios durante los cuales observamos la inquietud de la Chamaca por comunicarnos el motivo de su presencia. Cuando no pudo aguantar más nos expreso: acabo de comprar una escopeta; pero no cualquier clase de escopeta. Se trata de una cuata, española, de acero finísimo, y diciendo y haciendo se acercó a su automóvil, abrió el cofre y ahí, todavía en su caja estaba la, según él, maravillosa arma que era el  real motivo de su viaje de Campeche hasta Acapulquito.

La sacó cuidadosamente de sus envolturas y mostrándola a todos para que nos cercioráramos de la belleza que ante nuestros ojos teníamos, procedió a señalarnos una por una las características esenciales del objeto.

La abrió, nos mostró el brillo interior de los cañones, el grado de convergencia de estos, y el diferente estrechamiento de las bocas. La cerró, la colocó en posición de tiro, y enseguida nos hizo observar los percutores, los gatillos, los grabados laterales, la culata, etc., etc..

Todos los presentes asentíamos, admirando igualmente la belleza del arma y todo esto incrementaba el estado de ánimo de la Chamaca. Jamás lo habíamos visto tan feliz.

Mi hermano Ramón estaba perezosamente tendido en su hamaca, observando atentamente el mar, bien pendiente de todo lo que se hablaba, pero sin mirarnos porque de hecho estábamos todos a sus espaldas. Cuando los comentarios parecían haberse agotado escuchamos por fin su voz:

"Seguramente esa escopeta de la Chamaca debe tener platinas corridas."

Todos, especialmente la Chamaca, nos quedamos callados. Este bajó la vista al arma, la observó y preguntó: "¿Platinas corridas? ¿platinas corridas?"

"¿Qué es eso de platinas corridas?."

Bueno, respondió mi hermano todavía sin volverse hacia nosotros, "Todas las armas europeas que son  d e v e r a s finas tienen platinas corridas y se fabrican una por una".

Con gran parsimonia bajó los pies al suelo, se levantó y en dos pasos estuvo junto a nosotros.

"A ver el arma", pidió autoritariamente.

Ya con cierta duda la Chamaca la puso en sus manos. Mi hermano la observó y en su rostro se manifestó un gesto de tristeza y desilusión. "No", dijo, "No tiene las platinas corridas", y continuó despreciativamente: "En las escopetas de calidad las platinas corridas permiten que las piezas de carga, descarga y disparo funcionen a la perfección porque están empotradas en el propio acero y no en las partes de madera del arma como ésta", concluyó.

Mientras esto decía la faz de la Chamaca iba cambiando. Mi hermano estaba degradando brutalmente su preciado instrumento.

Pero no paró ahí la cosa. Ramón, repitiendo los movimientos del dueño de la exmaravilla, abrió la escopeta, la volvió a cerrar, la manejó de lado a lado.

"Creo que le falta balance", sentenció. "El acero no es de Eibar. Tampoco es Krupp". La abrió de nuevo, empujó hacia adentro las agujas e inclinando el arma las dejó salir de nuevo. Examinó la culata. Pasó la mano por la madera e hincó una uña en el fino barniz.

La Chamaca exhaló un gemido.

"Ni siquiera es de nogal", dijo despectivamente mi hermano, asestando la última y letal puñalada. "Bien, de disparar creo que si dispara. Después de todo estas escopetas hechas en serie no son tan malas".

La Chamaca había enmudecido totalmente, su boca estaba abierta y su mandíbula inferior colgante. En su rostro se notaba que la luz del sol también había palidecido, prácticamente se había hecho negra. No habló, tomó el arma de las manos de Ramón y ya sin los miramientos anteriores la metió de mala manera dentro de su caja y ésta dentro del cofre, que cerró con un golpazo. Arrancó y se fue sin siquiera mirarnos.

2.- Ramón.

Ramón era médico cirujano y se había especializado en pediatría. Su inteligencia y preparación, su capacidad de observación, sus diagnósticos acertados y sus eficientes terapéuticas, lo convirtieron rápidamente en uno de los pediatras de más prestigio de su localidad.

Era sumamente brillante, un narrador excepcional, y el único moreno de los hermanos. El gran tino con que exponía todos sus pensamientos en nuestras discusiones le hicieron asegurar un día que los güeros de la familia, refiriéndose a sus hermanos, le hacían los mandados. Y lo probó en muchas ocasiones, no en todas. Los güeros también tenían lo suyo.

Ramón no era aficionado a la cacería por lo tanto no sabía nada de la materia. Tampoco conocía las armas ni como estaban hechas, ni sus metales, ni sus piezas, ni su funcionamiento. Cuando iba a alguna de nuestras excursiones cinegéticas lo hacía únicamente por acompañar a sus hermanos pero no porque le gustara perseguir y dispararle a los animales. Apenas hacía dos o tres días que había escuchado a uno de los cazadores más expertos y conocedores hablar sobre las platinas corridas. Así aprendió que las escopetas de dos cañones llamadas cuatas eran mejores cuando tenían las platinas corridas y captó inmediatamente las razones explicadas.

Todo lo demás de su plática con la Chamaca fue extraído de su imaginación y con la facilidad que tenía para relacionar unos sucesos con otros e intercalar comentarios que parecían verdades de a kilo, pero que no tenían fundamento. Así fue como hizo pedazos la escopeta.

3.- La Chamaca.

Desde que yo conocí a Ricardo Green más de 25 años atrás ya todo el mundo le llamaba por el apodo que conservó toda su vida. Probablemente la Chamaca era descendiente de un filibustero de los que visitaron mi tierra en épocas pretéritas porque su apellido no era común y no se conocía otra familia que lo llevara. En cuanto al apodo de la Chamaca no puedo relacionarlo con nada que indique que lo mereciera.

A veces estos "alias" se le insertan a alguna persona por alguna única circunstancia que luego se pierde en la noche de los tiempos. Creo que el mismo Ricardo no recordaba el origen de su mote, al menos nunca lo dijo o nadie tuvo la curiosidad de preguntarlo. Pero no le venía, pues no había en la Chamaca ni la menor apariencia de femineidad. Era un muchacho moreno, alto, fuerte y bravucón, violento e inconsecuente. Respondía a su apodo más fácilmente que a su nombre o apellido.

En el tercero o cuarto grado de primaria cambié de escuela e ingresé en la misma a la que asistía la Chamaca y en su mismo grado. En peleas sucesivas había vencido a todos sus posibles contendientes por lo que, a pesar de ser yo en aquel entonces bastante más pequeño de estatura y  peso, se me consideró enseguida como un posible aunque dudoso retador para el reinado de la Chamaca.

Como sucede en todos estos casos los niños de la escuela fueron los encargados de ir preparando el encuentro. Si hubiera tenido algo de experiencia en estos asuntos habría eludido el combate porque el emperador del grupo era bastante más alto y mucho más fuerte que yo. Pero los estudiantes, con esa retorcida mente que tienen, se encargaron de avivar la llama que surgió desde el primer instante entre la Chamaca y yo, de manera que la pelea no tardó ni una semana en realizarse, con los resultados que estaban previstos. Terminé sin haberle hecho prácticamente ningún daño a la Chamaca por lo que no se puede decir que le hubiera abollado siquiera la corona. Para mí, los resultados fueron un ojo morado y el labio superior partido.

El establecimiento de la supremacía de la Chamaca terminó con nuestros mutuos rencores y aseguró su indisputable calidad de campeón, por lo que este ya no me molestó y no se suscitó ningún otro incidente hasta la terminación de la primaria.

Pero ya en  secundaria hubo una segunda contienda de la cual no recuerdo mucho, probablemente porque el origen fue cualquier motivo baladí. Para entonces yo ya había crecido, más para mi desgracia la Chamaca también, y en proporciones mayores que las mías por lo que la distancia era superior a la de la primera vez y como consecuencia de ello los resultados fueron más funestos.

Fui derrotado de manera apabullante, como todos los demás compañeros de la secundaria que tuvieron reyertas con la Chamaca, de manera que este conservó lo invicto.

La extraordinaria maduración física de la Chamaca no estuvo acompañada de una madurez mental semejante. Su inestabilidad, su susceptibilidad y su carácter irascible permanecieron iguales o aumentaron. En términos generales su mentalidad no creció lo suficiente aunque le permitió llegar a la culminación de una carrera facultativa de químico biólogo que constituyó su medio de vida.

4.- Javier.- La jugada.

Javier, también médico y pediatra también, era muy apreciado por todos. De gentil carácter, generoso, bondadoso y de suaves maneras, sus cualidades le habían granjeado nuestra admiración y estimación muy sinceras. Difícilmente profería una palabra malsonante y casi siempre había una sonrisa en sus labios. Aún así, como muchos de los campechanos, era poseedor de una sutil astucia y de una mente ágil y perspicaz lo que nos hizo gozar muchas veces de su fina sagacidad y picardía.

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La reunión tuvo lugar en la casa de Ramón. Se trataba de una jugada de póker integrada por seis personas, Javier, Abraham, Manuel, Eduardo, la Chamaca y el anfitrión. Javier se retiró temprano y la jugada se prolongó hasta altas horas de la noche.

Al día siguiente la Chamaca tropezó con Javier en el centro y después de los saludos de rigor, Javier interrogó a la Chamaca sobre cómo le había ido en la jugada. Este tuvo que admitir que había sido el único perdedor, que Eduardo, Abraham y Manuel habían ganado y el anfitrión había salido parejo.

Javier meditó solo un momento y una luz brilló en sus ojos. "Ya me imaginaba que eso iba a suceder", comentó.

Inmediatamente la susceptibilidad de la Chamaca apareció y le hizo responder airadamente que no era ningún tarugo para jugar póker y que si había perdido era por mala suerte.

"Claro que si, Chamaca", respondió suave Javier. "No te enojes, no me refería a eso".

"¿Entonces a qué?".

"No te diste cuenta de las señas", respondió Javier, que ya había maquinado todo lo que iba a decir.

"¿Señas? ¿Cuáles señas?".

"Bueno, la verdad es que eran muy discretas y difíciles de advertir. A mí me costó trabajo darme cuenta pero en cuanto lo hice me retiré, porque en una situación así, el que no está al tanto tiene que perder".

"Yo no observé nada", dijo la Chamaca, e insistió en que sus manos fueron muy malas.

Javier insinuó entonces una pregunta muy, muy malévola: "¿Quién llevó las cartas?" y en la mente de la Chamaca empezó a formarse claramente la idea completa del complot (además, cartas marcadas).

Javier lo advirtió y remachó el clavo inmediatamente: "Yo no me habría dado cuenta de todo el paquete si no hubiera sido porque me dieron equivocadamente una patadita por debajo de la mesa".

Fue suficiente. La Chamaca aceptó in mente que había estado en una jugada preparada. Convirtió en una verdad total e hizo suya toda la falacia urdida por Javier. Además escogió un principal culpable.

"Fue Abraham el que armó toda esta xºº5º7º4º45?¿,  pero todos son unos &&&%%%$$"""%?¿?. Esto no se va a quedar así. Ahorita mismo voy a buscar a Abraham y le voy a mostrar de lo que soy capaz. Ladrones, hijos de su mala xxxx".

"No vayas a cometer una imprudencia", señaló Javier asustado ante el resultado de su obra, conociendo los métodos agresivos y sabiendo el peligro que significaba la Chamaca cuando estaba enojado.

"Recuerda que no puedes probar nada, ni siquiera con mi ayuda, pues no estoy dispuesto a declarar sobre lo que te acabo de decir aunque sea cierto. A lo mejor son figuraciones mías".

"Nada de f i g u r a c i o n e s . Ahora  me doy cuenta como se confabularon para quitarme mi dinero. Me la van a pagar. Te lo repito. Me la van a pagar esos ?¿?¿%&?&%¿ y el primero será Abraham".

Cerciorándose Javier de que, si bien había sido capaz de envolver en su insidia a la Chamaca, no tenía el valor suficiente para confesarle toda su malicia, dejó que la Chamaca se fuera y corrió a un teléfono para advertir de todo a Abraham. Pero sus temores no se reflejaron en este, que lejos de amedrentarse, se desternillaba de risa e insistía en que le relatara punto por punto las actitudes de su candoroso amigo, mientras se revolcaba a carcajadas en su asiento con la absoluta seguridad de que podría manejar muy fácilmente a la Chamaca y que las cosas terminarían sin pasar a mayores, como efectivamente sucedió.

5.- Francisco.- La cámara.

Eran las tres de la mañana de un domingo que había comenzado con escasa luna y un cielo abundante en estrellas. El maravilloso espectáculo disminuyó mientras pasábamos el pequeño pueblo pero su esplendor reapareció a solo 300 metros.

En medio del camino y en ese momento vimos a 3 personas. Venían abrazados, cantando y en diferentes grados de ebriedad. El del centro, que casi no daba paso, estaba sostenido por los otros dos. La camioneta se detuvo a corta distancia y  los cantores enmudecieron. Francisco sacó toda la cabeza por la ventanilla y su voz se oyó, en el silencio de la noche, profunda, potente y amenazadora.

"Ahí están ellos", rugió. "¡Agárrenlos. Que no se escapen!".

Aterrorizados, los laterales soltaron al del centro, que cayó de bruces enmedio de la brecha y quedo ahí sin moverse. Los otros dos corrieron hacia el monte, cada uno por su lado. Se oyó el ruido de matorrales pisoteados, piedras desprendidas y tropezones y luego, el silencio nos permitió escuchar el jadeo angustioso de los huidos, cuyas condiciones no eran precisamente las mejores para correr de noche dentro del bosque.

"Uno se fue por acá", gritó de nuevo Francisco, "El otro por allá. Rodéenlos y tiren a matar".

De nuevo los brincos, carreras y tropezones se escucharon hasta que, casi al mismo tiempo, el pesado caer al suelo de dos cuerpos nos indicó que los vencidos renunciaban a todo, hasta a vivir.

Francisco reanudó parsimoniosamente el andar de la camioneta con una sonrisa en los labios. Por dentro se reía a carcajadas de su perversidad.

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De tez obscura, alto, macizo y rudo, Francisco, hijo de un modesto hacendado de modales secos pero afectuosos, había heredado parte de la estructura y cualidades de su padre. Era un generoso amigo, algo parco, pero chispeante en su trato. Poseía la magia de intercalar en sus pláticas comentarios de fina ironía que despertaban el interés y la hilaridad de sus oyentes. A pesar de sus rudezas y en el fondo de ellas, se manifestaba el cariño por sus amigos.

Proporcionaba sin reservas su camioneta para las cacerías, aún consciente del deterioro que al vehículo le ocasionaban los escabrosos caminos.

Un día me reconvino por mi forma descuidada de manejar la camioneta. "Estás destrozando la propiedad", dijo. El regaño fue hecho con tal gracia, que lejos de enojarme o avergonzarme me hizo reír, tal era la simpatía de sus palabras. Más por otro lado, su ingenio era inagotable. La palabra pícaro le venía al dedillo y el relato de los borrachos es solo uno entre las decenas de fechorías que cometió en sus andanzas cinegéticas y aparte de ellas.

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El plan había sido el de salir muy de madrugada para utilizar las últimas horas de la noche lampareando en el camino que en aquel tiempo solo era una brecha que, hasta donde nosotros sabíamos, unía Escárcega con Xbonil. Nada apareció durante la noche y ya en la alborada y habiendo salido del camino  principal nos encontramos aislada en plena selva una casucha en cuya puerta estaba un individuo que nos saludó amablemente. Detuvimos la camioneta.  El señor se acercó para platicar con nosotros y después de los primeros comentarios levantó la vista hasta la Chamaca que estaba sentado en el aparejo que usábamos para lamparear.

"Doctor", le preguntó, pues así se acostumbraba llamar a las personas que se dedicaban a cualquier ramo biológico, "¿Trajo usted por casualidad mi cámara?".

La Chamaca, que hasta ese momento no había abierto la boca sintió la sencilla pregunta como una ofensa e inmediatamente comenzó a defenderse y lo hizo, como casi siempre lo hacía, de una manera que causó sorpresa a todos.

"Ya le había dicho a fulano", exclamó en alta voz, "Que le regresara a usted su cámara. Recuerde que no fui yo quien se la pidió, que no era mi camioneta y por lo tanto tampoco era mi llanta ni mi cámara. Pero le voy a decir que usted está necesitando la cámara y a exigirle que se la devuelva enseguida".

Todos, hasta el habitante de la cabaña, se pasmaron ante la exageración y belicosidad con que la Chamaca había respondido.

El interlocutor intentó tranquilizarlo: "No tiene importancia, yo sé que en cualquier momento, en cuanto pueda, me la va a devolver". Pero la Chamaca continuó deshaciéndose en excusas totalmente innecesarias hasta que por fin, después de cambiar unos cuantos comentarios en voz baja con el solitario campesino, Francisco reanudó el camino pero ya sin la plática, comentarios y risas que eran siempre lo usual.

En los cerebros de todos y en forma simultánea y misteriosa ya estaba tomando forma el maquiavélico plan que seguiríamos.

La irritación de la Chamaca era manifiesta. Nuestro silencio lo obligó al cabo de un rato a reanudar la plática sugiriendo un sitio apropiado para efectuar la primera batida, pero el comentario no tuvo respuesta de ninguno de los compañeros, lo que hizo aumentar su desconcierto. Insistió sobre el mismo asunto con resultados igualmente negativos.

Pasó un buen rato hasta que Francisco detuvo la camioneta y bajó despaciosamente. Su mirada paseó el rostro de cada uno de los cazadores. Con voz extrañamente suave, como manifestando cierta resignación, dijo: "Creo que lo mejor sería regresar".

"¿Cómo?. Si apenas estamos empezando. No hemos tirado nada, no veo que nada haya cambiado", respondió la Chamaca captando desde ese momento que la cosa iba contra él.

"Sí", contestó el otro, "Las cosas si han cambiado. Al menos yo no me siento con ánimos para continuar. No puedo olvidar lo que acaba de suceder".

"¿Qué, qué?", dijo la Chamaca.  "¿Qué es lo que ha pasado?".

"Bueno, la verdad es que nos has puesto en evidencia con esto de la cámara", sentenció Francisco.

"¿Cual evidencia?" gimió la Chamaca. "No sé a que te estas refiriendo".

"¿Como que cuál evidencia? Es claro que el que se apropia de una cosa ajena y no la devuelve queda en evidencia y lo peor del caso es que este señor seguramente va a pensar que todos somos iguales. Dime con quien andas y te diré quien eres".

"Yo no me he quedado con ninguna cámara, casi gritó Ricardo. Fue fulano. Ya me oyeron cuando le dije que él tenía que devolverla".

"Lo peor", dijo un tercero, "Es que vamos a tener que regresar por el mismo camino y nos encontraremos al señor para sufrir de nuevo la vergüenza".

"¿Vergüenza? ¿Cuál vergüenza?, si Don Pedro ni siquiera estaba enojado".

"¿Qué no estaba enojado?", intervino con sorna otro cazador, "¡Que no oíste cuando te mentó la madre!".

"Como que me mentó la madre. No dijo nada. NO DIJO N A D A", se defendió la víctima con desesperación.

"Eso crees tú, pero cuando se acercó a Francisco, en voz relativamente baja le dijo que no le gustaría vernos pasar por ahí, con gentes hijas de la tal por cual".

Entonces la Chamaca se dirigió a mí buscando mi apoyo ya que hasta entonces había callado. Tú oíste todo, Chel. "¿Verdad que el señor no insultó a nadie?".

"Yo no quiero opinar sobre este penoso asunto", dije yo, "Pero de que Don Pedro estaba furioso, efectivamente lo estaba y con razón. Fue mucha su generosidad pues corre el riesgo de quedarse tirado en pleno monte y estamos pagando su gentileza de manera despreciable".

"¡Tú también, proboscidio!", vociferó la Chamaca usando uno de los apodos que él ocasionalmente me acomodaba ufanándose de su aptitud para inventar motes rimbombantes que solo él usaba y que no trascendían.

"Nada de yo también", respondí, "Tú me has hecho hablar y eso es lo que hago. Yo tampoco quiero ser confundido con personas poco gratas como piensa este señor". La Chamaca estuvo a punto de agredirme por lo que le di las espaldas en la seguridad de que no se atrevería a atacarme ni siquiera por el último desdén.

Por supuesto no había intención de cambiar planes  o renunciar a la cacería. Todo lo que estaba sucediendo era provocado por nuestro deseo de usar a la Chamaca como chivo expiatorio, como lo hacíamos en repetidas ocasiones, pues se encontraba totalmente inerme ante la inteligente maldad de sus compañeros. Hicimos las batidas y estas fueron exitosas pero todos los descansos fueron aprovechados por los cazadores para, en una forma u otra, regresar al tema que constituyó nuestro entretenimiento durante toda la cacería al par que una pesadilla para nuestra presa.

6.- El incendio.

El hombre anda siempre en la búsqueda de los satisfactores más exquisitos a sus sentidos. El transitar por la selva en una fresca mañana los proporciona a raudales y en muchas ocasiones, pensando en mis amigos más estimados, he imaginado lo bello que sería el compartir con cada uno de ellos estas gratas experiencias: los variados y a veces penetrantes perfumes, los murmullos, susurros, cantos y quejas misteriosas, los claroscuros y verdores, la policromía de las aves, el hechizo completo de la selva y los árboles: los cedros y caobas, los guarumos, los heridos zapotes, los guayacanes, los pródigos ramonales, los cantemós.
 
¡Los cantemós! Si pidiéramos a un niño dibujar un árbol grande y frondoso de muchas ramas, probablemente el dibujo nos mostraría un cantemó. De fuertes y profundas raíces emerge un grueso tronco que se eleva al firmamento. A ocho o diez metros del suelo comienza a difundir su ramaje. El cantemó no obedece instrucciones  ni del sol ni del aire. Lanza sus ramas al norte, sur, este, oeste y puntos intermedios y estas se elevan y alejan dando nuevos brotes hasta formar una espléndida copa de 30 o más metros de diámetro. Una vez, al contemplar toda una colonia de araguatos dormidos todavía en un cantemó uno de mis hermanos comentó que parecía una casa de departamentos.

Un cantemó en plenitud es, sin hipérbole, una hermosura.


Ramón.-Brosimum alicastrum
Los ramones y los zapotes son, entre otros, verdaderos soportes periódicos de los seres de la selva. Antes de que la fruta del zapote madure los carpinteros, y tal vez otros pájaros, los perforan, no para comerlos, sino porque en las oquedades así elaboradas, proliferan los gusanos que sí son su alimento. Más tarde regresarán e introduciendo su cornea y puntiaguda lengua ensartarán los gusanos y de ellos se sustentarán.

Los cazadores están muy al pendiente de la maduración de los frutos tanto del ramón como del zapote en la seguridad de que es en este momento cuando tendrán la posibilidad mejor de encontrar los animales con los que permanentemente sueñan. Arriba la fruta es motivo de la presencia de multitud de pájaros de los cuales solo se disfruta su belleza y cantos, pero también de aquellos que si constituyen presas sumamente apreciadas: los cojolitesy hocofaisanes.

Zapote.-Achras zapota

Los ramones y los zapotes son, entre otros, verdaderos soportes periódicos de los seres de la selva. Antes de que la fruta del zapote madure los carpinteros, y tal vez otros pájaros, los perforan, no para comerlos, sino porque en las oquedades así elaboradas, proliferan los gusanos que sí son su alimento. Más tarde regresarán e introduciendo su cornea y puntiaguda lengua ensartarán los gusanos y de ellos se sustentarán.

Los cazadores están muy al pendiente de la maduración de los frutos tanto del ramón como del zapote en la seguridad de que es en este momento cuando tendrán la posibilidad mejor de encontrar los animales con los que permanentemente sueñan. Arriba la fruta es motivo de la presencia de multitud de pájaros de los cuales solo se disfruta su belleza y cantos, pero también de aquellos que si constituyen presas sumamente apreciadas: los cojolites y hocofaisanes.

Los monos y otros mamíferos tanto frutífagos como omnívoros comen los mismos frutos.

Abajo la fruta caída es aprovechada durante toda la temporada por pavos, pécaris, venados, etc., todos ellos buscados afanosamente por los que se dedican a este fascinante deporte.

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Las bromas constantes que se le hacían a la Chamaca tenían varias formas de iniciarse. Algunas veces eran motivadas por la imaginación del momento o por algún incidente que aparecía en el curso de la excursión. Otras eran siniestramente programadas y preparadas con mucha anticipación.

La cacería transcurría en una vereda muy poco transitada al amanecer. Todos estaban de un excelente humor, dos en la cabina, un par en la batea, y tres en el aparejo.

Todos hablábamos en voz bastante alta para superar el ruido del motor, el de los brincos del vehículo y el de las ramas quebradas por el peso del mismo o apartadas simplemente del camino a su paso.
 
 
De pronto en un claro, a no más de quince metros del vehículo, apareció un venado. Fue en esa ocasión cuando por primera vez me cercioré de que todo lo que antes me habían contado de las costumbres de los venados era cierto porque el animal nos vio claramente, oyó perfectamente el ruido del motor, de las ramas rotas y también nuestras voces. Nada de esto lo intranquilizó, la única circunstancia que le hizo perder la vida fue que el viento soplaba de él hacía nosotros y por tanto no percibió nuestro olor. Bastó un golpecito en el techo de la cabina para que la camioneta se detuviera. El venado bajó la cabeza, la mantuvo cerca del suelo unos momentos y la volvió a levantar.

De pronto en un claro, a no más de quince metros del vehículo, apareció un venado. Fue en esa ocasión cuando por primera vez me cercioré de que todo lo que antes me habían contado de las costumbres de los venados era cierto porque el animal nos vio claramente, oyó perfectamente el ruido del motor, de las ramas rotas y también nuestras voces. Nada de esto lo intranquilizó, la única circunstancia que le hizo perder la vida fue que el viento soplaba de él hacía nosotros y por tanto no percibió nuestro olor. Bastó un golpecito en el techo de la cabina para que la camioneta se detuviera. El venado bajó la cabeza, la mantuvo cerca del suelo unos momentos y la volvió a levantar.
La Chamaca ocupaba la posición ideal para tirar. Estaba en el lado derecho de la camioneta y era zurdo. Aunque levantó el arma con brusquedad ante el temor que el venado huyera y disparó enseguida, estaba tan cerca que no le podía fallar. El animal cayó muerto en el mismo sitio en el que había aparecido.


Venado Cola Blanca.- Odocolileus Virginianus

La Chamaca me entregó el arma, bajó velozmente de la camioneta y en cuatro zancadas imprudentes dentro de la maleza estuvo junto al venado, se cercioró de su gran tamaño y peso y también de la certeza de su disparo. Dio dos o tres brincos levantando en alto los puños feliz del resultado de su obra.

No sabía lo que más tarde le esperaba.

Cuando el sol aumentó el natural calor de la selva hicimos un alto para descansar, tomar bocadillos, refrescos o café y reposar hasta las primeras horas de la tarde en cuyo momento tendríamos que reanudar nuestras actividades.

Cada quien buscó la manera de sentarse y hasta un par de hamacas se colgaron. Todo parecía dentro de la más absoluta normalidad. La Chamaca relataba una y otra vez lo que había sucedido en la mañana: como había levantado el arma, como había medido al venado, como le había disparado, la rapidez y puntería de su tiro, etc., etc.. Nada indicaba la tragedia que en unos momentos más caería sobre él y acabaría totalmente con su regocijo.

De pronto alguien gritó: se esta incendiando el monte, mientras señalaba hacia un lugar que estaba precisamente detrás de donde la Chamaca reposaba. "Tenemos que irnos rápido, pero ya",  se oyó con premura la voz del que había descubierto el fuego. A unos metros de distancia se veían  algunas llamas y el humo que se elevaba hacia los árboles. En un instante se armó una barahúnda. "Recojan las hamacas, tú fulano, los trastes, tú esto, tú lo otro". Todo se organizó febrilmente.

"Recojan las escopetas", se oyó, y alguien con una escopeta ya en la mano tendió otra: "Toma tu escopeta, Chamaca". Este agarró el arma, corrió una vez más a la camioneta, la asentó en la batea y regresó a seguir ayudando en el apresurado ajetreo que se había suscitado.

Cuando todo parecía estar a salvo saltamos a la camioneta para huir del fuego.

El vehículo arrancó y se retiró velozmente del sitio de los acontecimientos. Cuando ya estaba suficientemente lejos y consideramos que el incendio no nos alcanzaría hicimos un alto y nos pusimos a reacomodar las cosas que en gran desorden se habían amontonado en nuestra prisa.

Fue entonces cuando la Chamaca se encontró con horror que la supuesta arma que él había colocado en la batea no era tal sino una pieza de pesada madera que se había fabricado concienzudamente durante horas para simular una escopeta y con el deliberado propósito de hacer aquella despiadada broma a la Chamaca, mientras el arma verdadera estaba escondida en la cabina detrás de los asientos.

Cuando Ricardo se dio cuenta con asombro de lo que realmente tenía en sus manos estalló en insultos contra todos pensando que había perdido su arma en el incendio, que no era tal, sino una fogata con palo verde para producir espeso y abundante humo y que se había iniciado en un claro lo suficientemente amplio y limpio para evitar que progresara.

Mientras profería sus denuestos, el mártir pasaba la vista de uno a uno para encontrar en nuestras expresiones al culpable. Pero todos aparentaban  la mayor inocencia del mundo y no hacíamos caso de los improperios de la Chamaca que ni siquiera recordaba quien le había entregado el burdo señuelo. Cuando estuvo a punto de soltar las lágrimas, algún compadecido gritó con júbilo:  "Aquí está tu escopeta Chamaca", y la sacó de su escondite. La pesada broma había terminado y también el sufrimiento de nuestro amigo.

7.- El tesoro.

Lo que el hombre construyó en la selva muchos años antes y luego abandonó, presenta con el paso implacable del tiempo, un paisaje maravillosamente atrayente pero atemorizante y sobrecogedor, especialmente de noche.

Nuestra correría en aquella ocasión tenía como destino para pernoctar una hacienda antigua totalmente en ruinas. La maleza había invadido completamente, no solo los espacios abiertos de las casi destruidas habitaciones, sino también los muros, que aparecían partidos  por raíces y troncos de arbustos y hasta de árboles.

Exploradores anteriores habían medio limpiado las partes más accesibles que utilizaban como albergue nocturno y fue ahí donde el grupo de cazadores llegó al atardecer. Se dedicó a la labor previa a la de pernoctar.

Se hicieron las fogatas, se construyeron con piedras lo que serían los asientos para utensilios  en los que se cocinarían o calentarían los alimentos y se prepararía el café. Se tendieron las hamacas y un par de catres y así, alrededor del fuego, como los hombres primitivos lo hicieron  miles de años atrás se departió y se comentaron los hechos sucedidos durante las horas anteriores de cacería y las anécdotas correspondientes. Había que levantarse muy temprano para preparar las batidas previamente escogidas.

Todas las haciendas abandonadas son motivo de multitud de rumores y leyendas que en un altísimo porcentaje no tienen nada de realidad. De aquella se comentaba que su dueño se había obligado a abandonarla por desconocidos motivos pero que ahí había dejado escondido un tesoro que no había tenido la posibilidad de regresar a rescatar. La búsqueda de tal tesoro había sido intentada en ocasiones anteriores dentro de las mismas ruinas y aún fuera de ellas.

Era natural que durante las pláticas previas al descanso se comentara una vez más sobre el asunto y que alguien señalara las diversas consejas que sobre el ocultamiento del tesoro existían. Una de ellas era que en alguna ocasión un fuego en movimiento señalaría el sitio exacto de tan valiosa ilusión.

La Chamaca se acostó en un sitio exactamente al lado y muy junto a Jorge, a quien todos conocían como "el Güero del banco", ya que efectivamente trabajaba en un puesto secundario en una de las agencias bancarias de la ciudad. La Chamaca y el Güero cuchicheaban las últimas palabras antes de dormirse y contemplaban el fuego central de cuando en cuando. El primero en callarse fue el Güero dando así una clara  indicación de que se disponía ya a caer en el sueño profundo debido al ajetreo y cansancio del día.

De pronto la Chamaca vio claramente que uno de  los leños que formaban la fogata se separaba ligeramente de ella. Con sobresalto contempló dos movimientos sucesivos de la seca rama cuya punta formaba parte del fuego, extendió la mano, tocó al Güero y cuando este se volvió la Chamaca le dijo con angustia: "¡El fuego se está moviendo!".

"Estás loco", le respondió en voz muy baja el Güero, solo ves visiones, "déjame dormir".

La Chamaca regresó la vista hacia la fogata e inmediatamente el leño se movió. Esta vez le dio un apretón al brazo del Güero.

"Ve, sí se mueve, yo no estoy loco".

El Güero extendió la vista hacia la fogata y enseguida el fuego se movió más violentamente que antes.

"¡Viste!", exclamó la Chamaca en voz un poco más alta, "¡Sí se mueve!".

Entonces fue el Güero quien jaló bruscamente a la Chamaca y acercó la boca a su oído: "¡Cállate pendejo!, No digas nada".

Volvió la vista hacia la lumbre y la rama se movió ostensiblemente hasta desprender unas chispas. Otro jalón  volvió a juntar las cabezas. El Güero susurró: "Ni una palabra, no vayas a decir ni madre a los demás. Tú  y yo vamos a regresar mañana o pasado y escarbaremos allá donde el fuego se mueve hasta encontrar el tesoro que con toda seguridad estará ahí".

Contempló fija, casi  severamente a su ya cómplice por un buen rato hasta cerciorarse de que este había comprendido completamente la implicación.

El otro asintió dos veces con la cabeza y sin hablar. El Güero se volvió y unos instantes después comenzaron a oírse ronquidos indicadores de un profundo sueño.

La Chamaca no pudo dormir.

Los compañeros habían preparado cuidadosamente todo el escenario. Del extremo de una de las ramas para la fogata habían atado un delgado cordel de pesca; a éste le habían dado vuelta en el tronco del árbol más cercano y el encargado de mover suavemente el hilo fue precisamente el Güero y por ello se había acostado junto a la Chamaca. Los intrigantes, al parecer dormidos seguían el hilo de la intriga tan cuidadosa y magistralmente armada.

La cacería se realizó como de costumbre bajo las condiciones y con los resultados que eran normales y el domingo por la noche todos estábamos de regreso en la ciudad.

La Chamaca buscó desde el lunes y temprano al Güero, inútilmente.

Desde que se levantó el martes trató de encontrarlo de nuevo pero su búsqueda fue infructuosa mientras su inquietud se agigantaba.

El miércoles, cuando por tres días no había podido encontrar al Güero, ya no pudo aguantar más y se arriesgó a indagar por otro lado. Fue a la refresquería de Manuel, que también había participado en la cacería en las ruinas como en casi todas las que semanalmente hacía el grupo.

Manuel lo vio, le sonrió y le indicó que se sentara en una de las sillas mientas preparaba horchata y unos panuchos para un par de clientes.

Atendidos los parroquianos Manuel se acercó a la Chamaca y tomó la palabra: "Parece que esta semana iremos a la sabana del Quemadal. Pancho me dijo que le contaron que anda mucho venado", y continuó; "Creo que vamos a necesitar decirle al Sordo que vaya con nosotros porque el Güero del banco no irá".

El sobresalto de la Chamaca fue ostensible. "¿Porqué?" preguntó.

"¡Ah! no sabes", respondió Manuel, "Parece que ya se fue".

La Chamaca palideció "¿Cómo que ya se fue?".

"No sé exactamente la verdad pero dicen que un tío suyo se murió y le dejó una herencia".

"¿Herencia?" murmuró la Chamaca casi lívido.

"Dicen que el Güero recibió la herencia el lunes y que ayer fue temprano al banco a hacer unos arreglos y ahí mismo renunció y salió, creo que para Mérida o al menos eso supe. Y lo más extraño es que su tío le dejó puros doblones de oro de esos antiguos que valen mucho dinero".

La Chamaca estalló:

"¡Hijo de la X%%&$$. Hijo de su mala ·(/%%%%$$,. Hijo de la %&(/&%&?¿!". repitió. "Si llego a encontrarlo lo mataré".

"¿Pero porqué?" exclamó Manuel, aparentando una ignorancia total y como si se asombrara de la repentina explosión de la Chamaca.

Pero este, aceptando ya por completo la pérfida traición del Güero, ya le había vuelto la espalda y se retiraba mascullando todas las maldiciones que conocía.

8.- El final.

La Chamaca no era, o no parecía, capaz de guardar rencores o buscar desquites. Con la misma rapidez conque sus exaltaciones llegaban al máximo olvidaba los agravios y pronto aparecía con el mismo ánimo anterior como si una vez más se ofreciera como víctima propicia y objeto central de nuestras burlas, como si fuera nuestro títere, como si estuviera dispuesto con su sacrificio a ofrecernos ratos felices a costa de sus sinsabores.

Los últimos períodos de la vida de Ricardo Green estuvieron llenos de incidentes violentos, obscuros y en términos generales trágicos. La muerte de su primera esposa, un hecho envuelto en el misterio, le ocasionó grandes problemas. Fue uno de los principales sospechosos. Culpable o no, la Chamaca se vio obligado a emigrar con lo que su carácter se hizo más agrio al par que más triste su vivir.

Todavía dentro de sus muchas y variadas desgracias, se recuerda otro hecho sangriento. Una pistola fue disparada y el hijo de un ganadero resultó muerto. La presencia de la Chamaca en el asunto y su conocida agresividad e imprudencia permitió una vez más que el dedo de la justicia lo señalara como el malhechor y lo obligara a huir de nuevo.

Su vida terminó en el abandono, la pobreza y la melancolía como si su presencia en este mundo fuera predestinada.

Con nuestras infernales maniobras encaminadas solo a lograr diversión ¿Habremos contribuido de alguna forma a la negrura de su mente y a las desdichas en el ocaso de su existencia? No lo sabemos. No lo sabremos jamás. Pero lo menos que podemos hacer es dedicar nuestros pensamientos en ese sentido. Tal vez así podamos retribuirle a su alma algo de lo que inocentemente nos otorgó.

Carrera con la muerte

Llegamos a "Entre amigos" a tiempo para las palomas. Mis hermanos ya estaban ahí. Me recibieron alegremente y enseguida me dieron la mala noticia. Debido al cargo de Rafael, tendría que asistir aquella noche a una cena de médicos. También Ramón, por ser doctor, regresaba a Campeche. Prometían estar al día siguiente al filo de las diez de la mañana en "Entre amigos". Dispondríamos así de dos días completos para dedicarlos a la cacería. Me dejaban a los guías y ayudantes por si quería salir aquella noche. Acto seguido se despidieron y se fueron.

Cansado como estaba, decidí reposar e intentar dormir por unas  horas. Al anochecer me despertaron para cenar. La camioneta y la gente estaban ya preparadas para salir, pero había comenzado a lloviznar.

Eso es mejor, declararon todos, y me recordaron uno de los aforismos más señalados de la cacería de este tipo. "Con la lluvia el ciervo sale a brincar por los espacios abiertos". Sabemos bien que eso es más falso que Judas, pero los cazadores siempre encuentran motivos para animarse. De manera que enviamos por delante la camioneta con el equipo y después del café los seguimos con el Bruja Roja. La recomendación de mis hermanos era que siguiéramos una brecha recientemente abierta en la selva que conducía a San Isidro, a 23 kilómetros de los que el diablo midió con la cola, lo cual quiere decir, que si no nos atascábamos, nos tomaría más de tres horas recorrerlo.

Dejamos el carro a la entrada de la brecha tan fuera de la carretera como fue posible y después de asegurarnos que todo estaba en orden iniciamos el recorrido.

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De día la selva campechana es misteriosa, atrayente y atemorizante. El transcurrir por sus veredas se convierte en una sucesión armoniosa de ruidos y silencios, para un oído experto poblados estos últimos por el crepitar de la vida pequeña.

De noche la belleza, el misterio y el temor se acentúan. La imaginación juega con uno a su antojo y le hace ver en cada tronco, en cada arbusto y en cada montículo las siluetas de animales que busca, pero también la de aquellos seres a quienes no quiere encontrar.

Con la llovizna todo había adquirido una apariencia fantasmal. Los árboles parecían gigantes amenazadores y los macizos de arbustos cuevas de peligrosos animales.

Pasamos por un campo de merquerón crecido hasta su máximo. El agua de la llovizna se iba acumulando lentamente en las largas hojas de la pastura doblándolas con su peso y cuando las gotas por fin se desprendían, las hojas, libres de peso, saltaban hacia arriba como impulsadas por un invisible resorte. La repetición múltiple de este movimiento semejaba la danza de las hadas de azúcar y me recordó al Cascanueces y Fantasía.

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Nueve kilómetros  y más de una hora habían transcurrido sin que ningún animal apareciera ante la aguda investigación de los faros buscadores, cuando un letrero en lastimoso estado nos señaló la proximidad de una ranchería: "La Nueva Chontalpa".

Veinte o más chozas, palos y palmas aparecieron diseminadas aquí y allá, sin ningún orden, y solo anunciadas por las parpadeantes hogueras internas, visibles a través de las rendijas. Apagamos los faros para atravesar el poblado, pero una persona con un foco de mano detuvo la camioneta antes de que saliéramos de la zona habitada y dialogó con el chofer. Desde arriba de la camioneta pregunté que pasaba.

Se trata de una niña enferma, me respondieron y quieren que les llevemos hasta la carretera para esperar ahí el camión a Escárcega. Sugerí que prepararan a la niña, que la abrigaran bien, regresaríamos en una hora y los transportaríamos a la carretera. La camioneta continuó hasta San Isidro y la labor cinegética se reanudó, pero la inquietud por el asunto se sentía entre todos, por lo que un rato después ordené regresar. Un ayudante fue hasta la choza de donde había salido el solicitante para apurar a la familia. Regresó con dos hombres y una mujer que llevaba un bulto en el rebozo.

Acomodamos a la madre y al padre en la cabina y le dije al chofer que condujera tan rápido como fuera posible. Mientras la camioneta hacía el recorrido a la inversa y a velocidad temeraria para aquel camino, tomé la decisión de llevarlos hasta Escárcega porque en aquella carretera, a tal hora y en aquel cruce, ningún camión (en la suposición de que pasara uno), se detendría por nadie y para entonces, sin que se hubiera comentado mucho sobre ello, todos sentían la extrema gravedad de la niña.

La señora de la guadaña gusta de variar sus presentaciones. En veces su aparición es callada y súbita, pero en otras deja sentir su ominosa presencia con bastante anticipación. Esta era una de las últimas.

Toño, el caporal del rancho me acompañó en el asiento delantero del carro. Atrás los padres y la niña. 36 kilómetros constituían ahora para mí una carrera contra la muerte.

Los faros horadaban un túnel en la negrura de la noche y por él se precipitaba el carro como succionado por una boca gigantesca.

En la carretera, totalmente desierta, la lluvia había dejado multitud de charcos que las llantas atravesaban con un doble chasquido. Aparte de este ruido ocasional y del suave sonido del poderoso motor, casi a su máxima velocidad, nada se escuchaba. Nadie hablaba, pero a mí me pareció oír varias veces un gemido, un gañido, apenas un leve vestigio de llanto ó suspiro.

La proximidad de Escárcega, indicada por la torre de microondas coincidió con la desaparición de la lluvia y lo consideré, equivocadamente, como un buen presagio.

Entramos a Escárcega, todavía a gran velocidad, que disminuí cuando Toño me indicó la dirección del dispensario oficial, conocido por él con anterioridad por un asunto de nauyacas. Detuve el automóvil a la puerta  misma del consultorio y bajé rápidamente. No había sino una joven leyendo una revista. Traemos una niña enferma, le dije, y necesitamos urgentemente al doctor. No, el doctor no estaba: había ido al cine y de ahí a cenar. No se sabía si regresaría.

Pues usted, le urgí, véala usted. Algo podrá hacerse mientras localizamos al doctor. Mientras la enfermera iniciaba su negativa: no, ella no era doctora, no estaba autorizada, etcétera, etcétera. Toño me jaló suavemente del brazo.

Don Ramiro, me dijo, no hay nada que hacer, la niña está muerta, murió en el camino. Sin  querer todavía aceptar la verdad me sentí traicionado.  De mis labios salió el estúpido argumento. No, no puede ser, hay que examinarla, hay que inyectarla.

Está muerta, está paleta, Don Ramiro.

La vulgar expresión, definitiva, total, me heló también a mí. Regresé al carro. Los viajantes no se habían movido. Sólo el bulto en el rebozo de la señora parecía haber disminuido su tamaño. Yo estaba asustado, aterrorizado por la presencia de la muerte que había acabado por aceptar.

Vamos a la presidencia municipal, dije, hay que dar parte, hay que levantar el certificado de defunción. La mujer le cuchicheó algo al marido y este se enfrentó conmigo.  Yo los había traído a Escárcega, dijo, yo los tendría que regresar a la Nueva Chontalpa. Sentí  escalofríos. Una cosa era haber traído a la niña a Escárcega con la esperanza de que sobreviviría  y  otra muy distinta regresar con un cadáver en mi automóvil. A pesar de comprender lo abyecto, lo vergonzoso de mi temor, éste era mayor que mi vergüenza.

Yo no iba de regreso, insistí, tenía que ir a Campeche en  dirección opuesta y no los podía llevar de regreso.

Entonces la señora me miró por primera y única vez. Hay ocasiones en que la percepción de las situaciones y pensamientos le llega a uno tan claramente como la más brillante luz del día. La mujer no estaba triste, pesarosa, ni llorosa. Estaba precisamente furiosa, iracunda. No la entristecía  la muerte de la niña,  que probablemente  consideraba como una  fatalidad  necesaria desde  mucho antes, sino el hecho de que la hubiéramos sacado de la tranquilidad de su hogar para un largo e inútil viaje.

Su mirada no fue de tristeza sino de odio. Pero yo no estaba dispuesto a cejar. En la presidencia municipal bajaron del carro, con gran disgusto y tuve que darles dinero suficiente para que volvieran a su casa.

Toño y yo volvimos al cruce sin mediar palabra. Ahí, el grupo de cazadores y la persona que habíamos traído de la Nueva Chontalpa esperaban pacientemente.

La cacería había terminado para mí, que me iba ya a "Entre amigos". Toño bajó y cambió unas palabras con el grupo. Me informó después que llevarían al acompañante a la Nueva Chontalpa y volverían al rancho con la camioneta.

Y enseguida me dio el último golpe de aquella pesadilla. La niña no era la única: tal vez por un pozo contaminado todos los niños de la aldea habían enfermado y diez habían muerto antes.

Once niños, once niños de un caserío que tal vez no llegaba a 80 habitantes. ¿Cómo era posible esto? ¿Qué importancia le daban a la vida de sus hijos gente que  sabe que van a morir y no hacen con oportunidad nada por salvarlos?

Arranqué el carro hacia "Entre Amigos" con la mente confusa. Intentando encontrar una justificación que no existía.

A estas gentes la vida les ha quitado todo, menos, paradójicamente, la capacidad de reproducirse. Y se aparean. Pero este apareamiento no tiene el goce de vivir, la violencia y la belleza que sí existe en el ayuntamiento de otros seres de la selva. Es solo resultado del aburrimiento, la soledad y la tristeza y su producto tendrá que ser como sus padres, niños débiles, tristes y solitarios, niños que nunca cantarán ni reirán. Y de pronto la naturaleza, riéndose cínicamente de su propia obra, decide emparejar las cosas. Si se reproducen como moscas, como conejos, como ratas, los diezmaré como a moscas, como a conejos, como a ratas, y de una sola plumada acaba con once niños sin respetar su propia aritmética.

Al bajarme del vehículo y a pesar de que podría llover de nuevo deje las puertas del carro abiertas, tal vez con la intención de permitir volar libremente el espíritu de la  niña. Y de pronto me encontré con que en el mundo nada había pasado. La vida continuaba. En los arbustos cercanos los susurros, los murmullos y roces y el inquietante citar de los gusanos marcaban el bullicio de la vida pequeña.

En las charcas las ranas desgajaban su canto discordante y en el monte alto que limitaba el potrero, un ejército de luciérnagas diseñaba caprichosas figuras con sus trazos luminosos y geométricos.

Entré a la casa a tratar de pasar el resto de aquella noche de insomnio.

Han pasado muchos años desde entonces, pero aún ahora, toda vez que aquellos tristes sucesos regresan a mi memoria, todavía me pregunto ¿Por qué Dios mío, por qué?.

Pancho

Mi hermano Rafael llevó a un amigo suyo, compañero de partido, a nuestra tierra y de vacaciones. El objetivo era el librarse cuando menos por unos cuantos días del brutal ajetreo de la capital, el sinnúmero de problemas que ésta tiene, de su ambiente hosco y difícil, de las grandes dificultades de traslado en una ciudad pletórica de gente. El amigo resultó ser un hombre relativamente joven, con una especial simpatía natural, sin afectaciones de ninguna especie y que, libre de sus agobios se mostró en Jesús María como un  compañero muy deseable.

Asomaron en él cualidades que muy probablemente tenía escondidas desde tiempo atrás. Durante los diversos ratos de solaz y esparcimiento que pasamos a la sombra de los frondosos mangos nuestro invitado bromeó, cantó y hasta improvisó versos que festejamos por lo simpáticos y por el ingenio que en ellos mostraba. En uno de los versos hablaba de su satisfacción por haber tenido la oportunidad de pasar algunos días en un ambiente completamente libre de incomodidades, dispensado para vestir como quisiera sin la etiqueta a la que se veía obligado durante su trabajo. Según su propio comentario, revivió durante los breves días de su estancia con nosotros.

Poco recuerdo de su producción poética pero si de las palabras de uno de los versos en las que el huésped dejaba traslucir su estado de ánimo en la presencia, según decía, de tres Panchos a la vez.

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Efectivamente eran tres los Panchos que en un momento estuvieron con nosotros en Jesús María. Don Francisco Alavez el abuelo, Panchito el hijo y Paco el nieto, y los tres parecían cortados con la misma tijera. Compañeros amables de tertulia aunque parcos en el hablar el padre y el hijo habían aprendido muchas de las cosas útiles del sabio abuelo, nuestro Pancho.

También nosotros aprendimos de él los útiles conocimientos de una persona que habiendo cursado muy pocos años de enseñanza en las aulas, era sabedor de una infinidad de cosas importantes que a nosotros, egresados de universidades, nos eran desconocidas y nos asombraban.

Todos los conocimientos que en materia del campo aprendimos  de sus labios son recordados por nosotros mucho mejor que una gran parte de los que obtuvimos en las aulas tanto de los estudios primeros como de los más avanzados.

Además tenía la extraordinaria cualidad de hacer sentir agradablemente su tranquila presencia y de hacerse recordar durante sus ausencias muy nítidamente hasta el grado  que su compañía nos era necesaria para completar el estado beatífico de tranquilidad que buscábamos alejándonos de nuestras diarias ocupaciones y problemas.

Parco en el hablar,  no decía más que las palabras que tenían importancia, o tal vez para nosotros  todo lo que él decía tenía importancia.

Algunas veces nos dejaba pasmados con su serenidad increíble en momentos de apuro, el sosiego con que tomaba todas las cosas como si considerara que todo lo que sucedía era porque tenía que suceder y no había nada que lo pudiera cambiar.

La admiración de mi hermano por su buen amigo fue motivo de infinidad de comentarios. Un día dijo que Pancho jamás tendría úlcera pues no podía existir cosa alguna que lo molestara o lo inquietara en lo más mínimo. Este comentario tuvo lugar cuando, ya con todo listo para salir de cacería Pancho se preparó un baño de pies con agua tibia y nos hizo esperar como 20 minutos mientras se solazaba con la caricia del agua en sus miembros inferiores.

Cuando esto sucedió ya habían pasado varios minutos en que el grupo entero estaba impaciente por iniciar aquella nueva aventura y cuando en varias ocasiones se le había dicho: Pancho, vámonos ya. Llegó el momento. Todo está listo en la camioneta.

Su filosofía, con resabios de orientalismo, nos hizo esperar expectantes todos los minutos que empleó y sobre todo la parsimonia usada en las abluciones que estimó necesarias, según su propio sacerdocio, para llegar al feliz estado necesario para emprender la cacería.

Tenía como principal ocupación un taller de herrería en el cual era tan diestro como un orfebre y que le sirvió para, además de cumplir con todas las solicitudes de sus clientes, inventar también diversos artificios tanto de caza como de pesca que luego de ideados era capaz de trasmitir al metal. Cada una de estas piezas era indudablemente una obra de arte.

Con grandes conocimientos del campo,  era también propietario de un rancho a buena distancia de la ciudad y que atendía los fines de semana, trasladándose con un ayudante en la vieja camioneta cuyo motor Pancho hacía funcionar como un reloj. El trayecto de casi 100 Kms. de distancia era conocido a la perfección por nuestro amigo y los animales que se podían encontrar en el le eran tan familiares que de haber querido  le hubiera puesto un nombre especial a cada uno de ellos. Muchas veces le oímos hablar del venado del Pocito, del de Cantemó, del de la Chiquita, el del Picapical, etc. etc..., como si fueran sus vecinos a los que saludara siempre al paso. Claro que algunos de estos animales eran ocasionalmente víctimas de su fenomenal puntería. Su experiencia como cazador no tenía par.

1.- Las codornices.

Un día me invitó a tirar codornices. "Conozco un campo", me dijo, "En donde anda mucha codorniz. Te vas a divertir mucho".

Salimos temprano de su pequeña hacienda y después de unos kilómetros detuvo la camioneta debajo de un árbol. Delante de nosotros se extendía un amplio campo libre en su mayor parte de árboles y cubierto de baja vegetación.

Me explicó el método que seguiríamos para cazar las codornices; iríamos caminando separados unos 25 o 30 metros y tirándole a las codornices cuando levantaren del suelo.

No habíamos avanzado ni 15 metros cuando las codornices comenzaron a volar. Unos 10 minutos después yo ya había derribado tres o cuatro, pero el no le había atinado a ninguna y después de otro rato más, la tónica seguía igual.

Con 6 codornices recogidas nos reunimos a la sombra de uno de los escasos árboles que interrumpían la monotonía del campo. Cualquier otro cazador bajo las circunstancias que estabamos viviendo hubiera manifestado su desencanto o su ira. El era un cazador mucho más experimentado que yo y con una puntería reconocida entre todo el grupo. Era por lo tanto el maestro y yo el inexperto discípulo. Sin embargo el que tenía las codornices era yo y no él.

Con una sonrisa en los labios dijo: "Creo que el zopilote cagó mi tira-hule". Era una expresión de un niño cuando no atinaba con su honda a ningún animal.

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La escopeta de dos cañones calibre 20 que usaba era proverbialmente efectiva. Cuando en una batida la oíamos tronar, su tono, que era completamente distinto a la de cualquiera otra de las escopetas de mayor calibre de los demás, nos decía que podíamos dar como un hecho que en su puesto había un venado muerto; y cuando nos hacíamos lenguas de como él podía abatir ciervos de gran tamaño con una escopeta de tan pequeño calibre, el contestaba jocosamente que lo que sucedía era que sus cartuchos estaban "dimanitados".

Pancho no usaba en sus cacerías cartuchos de fábrica sino los que el recargaba de una manera tal que si los hubiera patentado hubieran sido aceptados por la mejor fábrica de cartuchos del mundo.

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A partir del momento de su comentario, Pancho empezó a derribar una tras otra las codornices y al completar la vuelta al campo tenía en su morral tantas como yo a pesar de la gran ventaja que había logrado en los momentos iniciales de la cacería.

2.- El venado amarrado.

En otra ocasión Pancho me encontró en el centro de la ciudad durante una de mis vacaciones y cuando yo tenía varios días de estar en ella. Me preguntó si había salido a tirar y le dije que sí.

Que como me había ido, indagó. "Mal" , le respondí; "No hemos encontrado ningún venado a tiro". "Si quieres", me dijo, "Te puedo llevar esta noche a tirar un venado".

Lo contemplé por un momento. Conseguir un venado es bastante aleatorio. Muchas veces grupos de cazadores expertos han salido con el interés de encontrar y abatir un venado usando para ello todos los artificios de los que son conocedores y en bastantes ocasiones han regresado con las manos vacías.

La observación de Pancho me pareció bastante imprudente pero después de un momento de meditada, la acepté como totalmente real. Si él decía que yo tiraría esa noche un venado seguramente eso sucedería. Lo demás era cuestión de mi propia habilidad para disparar.

Quedamos en que nos veríamos a las seis de la tarde en su casa y de que de ahí saldríamos para encontrar a nuestra presa. Esta vez me di cuenta de la extraordinaria generosidad de Pancho. Lo que había planeado, como se probó después, era conducirme de la mano hasta un sitio en donde sabía  con seguridad que estaba un venado que el podía haber tirado con gran facilidad.

Con su ayudante guiando la camioneta, Francisco hizo recorrer un buen tramo de carretera entre Champotón y Escárcega. En un momento determinado, precisado por él, prendió su spot, me señaló mi sitio en la camioneta e indicó con un movimiento de la luz la reanudación del andar del vehículo pero a baja velocidad mientras alumbraba únicamente hacia el lado derecho del camino. Unos 200 o 300 metros adelante apareció el venado a no más de 30 metros de distancia, en un limpio claro y enteramente quieto.

No hubo ningún problema en apuntar tranquilamente; el animal no tuvo ninguna oportunidad y mi disparo lo abatió instantáneamente.

El vehículo se detuvo casi completamente fuera de la carretera del mismo lado y entre los tres cargamos al venado y lo subimos a la camioneta. Cumplida la labor nos dedicamos por un buen rato al café y a la plática.

Reconozco con vergüenza que no hubo mérito alguno de mi parte en esta cacería. Pancho conocía a la posible víctima, sabía en que sitio, a que hora y en que situación lo encontraríamos y también que mi deseo no tendría el menor obstáculo.

La labor de cacería fue en un 95% obra de mi amigo, en un 4% del chofer y tal vez en un 1% del tirador. Sin embargo el héroe de la jornada, que presumió posteriormente de su fabulosa hazaña, fue el cazador.

3.- Las palomas moradas.

La calma, la pachorra de nuestro amigo se mostraba de muchas maneras. Un día, advertido de un sitio en donde abundaban las palomas ucum o moradas, invitó a varios de nuestro grupo a una excursión para hacernos de algunas de ellas.

Nos citó a todos a las tres de la mañana en un café que permanecía abierto toda la noche. Todos protestaron por lo inusitado de la hora a sabiendas de que la paloma morada es una de las que más tarde comienzan a volar y previendo que se necesitaría un máximo de una hora de camino para llegar hasta el sitio en donde tendría lugar la cacería.

Pero la autoridad de Pancho se impuso, y alrededor de la hora indicada todos estábamos en el café en donde ya nos esperaba. Cuando suponíamos que aquel era solo punto de la reunión, del que saldríamos inmediatamente, nos invitó a tomar un café que se prolongó bastante mientras nos explicaba los detalles sobre el camino y todos los pormenores del sitio en donde tendría lugar el evento.

Más de media hora después iniciamos la marcha en su camioneta y a un andar desesperante para todos. Pero él sabía que había planeado perfecta y completamente la logística de la cacería.

Atravesamos el poblado de Tixmucuy todavía en plena noche y entramos a una vereda en la que teníamos que cuidarnos a cada rato del golpeteo de las ramas de los árboles. Por fin, después de muchas vueltas y recodos difíciles llegamos al ensanchado lecho de un río seco que formaba como un amplio parque rodeado de altos y frondosos árboles de distintas especies.

Como un gran estratega, Pancho señaló a cada uno de los cazadores el sitio o puesto más apropiado para las habilidades de cada uno. Cuando las sombras apenas empezaban a disiparse las primeras aves empezaron sus gorjeos y un rato después comenzaron a volar por encima del claro. El primer canto cercano de una paloma reanudó las esperanzas de los cazadores pero no nos convenció todavía del tino de Pancho al asegurarnos que encontraríamos muchas de ellas y la interrogante persistió hasta que empezaron realmente a volar.

Los cazadores recuerdan este suceso muy claramente y muchos de ellos reconocieron después que nunca antes habían visto pasar  juntas o tan constantemente los cientos, tal vez miles de palomas que ese día cruzaron por el claro creando todo un concierto con el bruñido de sus alas y los reflejos de los diversos tonos azules y morados que a manera de haces de luz se desprendían de cada una de ellas.

Todo lo demás dependió solamente de la habilidad o bien de la ambición de cada uno de los tiradores. Los más hábiles o los más ávidos cobraron un buen número de piezas, más algunos se conformaron con unas cuantas y pronto se dedicaron a gozar del espectáculo maravilloso que ante nuestros ojos teníamos. Todos aceptaron que la promesa de Pancho no había sido vana; que aquella excursión fue una de las más hermosas que los cazadores hubieran experimentado y quedó grabada como única en los recuerdos de todos los miembros del grupo.

4.- El llamado de la perdiz.

La paciencia y perseverancia de Pancho le habían permitido aprender a repetir las voces de muchos de los animales del monte. Tenía una gran maestría para llamar a algunos de ellos.

El tinamú, una avecilla a la que tal vez con fundadas razones llamamos perdiz, emite un sonido claramente diferenciable entre el macho y la hembra. El macho emite un sonido potente cuyo tono sorprendentemente metálico atraviesa el follaje y es posible escuchar a larga distancia. Es un silbido que comienza en un tono fuerte y se va adelgazando o agudizando hasta su terminación. La hembra emite un sonido semejante pero mucho menos intenso, más apagado y más corto.

Para Pancho era relativamente fácil el imitar el sonido de uno u otra y de lograr que acudieran a su llamado hasta a unos cuantos metros de distancia. La perdiz es bastante recelosa y se acerca a la fuente del llamado cambiando de rumbos. A veces se le escucha de frente, rato después a la derecha, más tarde a la izquierda pero siempre acercándose a su supuesta pareja. Las más de las veces el objeto de estos señuelos de voz no tenía  más intención que la pura diversión, el engaño al que se sujetaba al animal y cuando éste, hembra o macho, aparecían a  la vista, a distancia de tiro, el cazador se mostraba para hacerla huir aún cuando su carne es muy apetecible.

Así agradecíamos al animal su colaboración con nuestro entretenimiento. Tan interesante resultaba que un día mi hermano y yo hicimos una excursión con el único objeto de grabar toda la tramoya y corroborar así lo que ya conocíamos.

Diestro alumno, Rafael comenzó su llamado desde que oímos el de una hembra. La grabadora captó todos los murmullos, cantos y quejidos del bosque junto con las voces de apremio y sus respuestas. Quince o más minutos requirió el empeño que concluyó con la vista del ave a poco más de dos metros. Sin llamarla más la contemplamos por un rato hasta que se volvió y huyó rápidamente presintiendo la falsedad que se le había tejido.

5.- Wilson.

Grande, esbelto pero fuerte, cruzado descendiente tal vez de un perro de raza pointer, Wilson