CONCEPTOS
Amistad
La primera vez.
Aquella mañana, semioculto en la intrincada maraña del bosque que daba acceso a un claro, Or observaba a Gur.
En otras ocasiones, cuando casualmente se encontraban en los linderos de lo que misteriosamente habían acordado como sus respectivos terrenos de caza y pesca, ambos se habían limitado a gruñirse ferozmente mostrándose los colmillos como advertencia de no invadir campos ajenos.
Pero en aquella ocasión el ruido de carreras, ramas y hojas azotadas habían hecho que Or se asomara sigilosamente al claro en que yacía Gur y así había podido ver el tropezón que este último diera durante la agitada persecución de su presa.
El violento rodar de su cuerpo por el talud en donde el jabalí escapara había dañado seriamente uno de los miembros de Gur.
Un gesto de dolor contraía sus labios, mientras se oprimía la pierna lastimada.
De pronto Or recordó que aquello no era nada que le importara; el hambre también lo acuciaba y era necesario que se preocupara de sus asuntos. Abandonó su atalaya y se dispuso a encontrar la manera de saciar su propio apetito.
Ya bien entrada la tarde Or se acercó al sitio en donde había tenido lugar el accidente y observó lo que había sucedido después de su partida.
Gur se había retirado por un camino distinto y más accesible que el que había traído, se veía claramente la huella del arrastrar de su cuerpo, las ramas y raíces destruidas y las piedras desprendidas en su esfuerzo por remontar la colina en dirección a su guarida.
En la cueva, cuatro días más tarde, la situación se había tornado trágica.
En avanzado estado de embarazo la hembra de Gur solo se animaba a salir por los alrededores cercanos y era muy poco lo que de raíces, frutos, insectos y otros animales podía traer para satisfacer su propia necesidad, la de Gur y la de los dos famélicos cachorros de la familia.
La irritación constante de todos se traducía en violentos gruñidos de rabia y frustración.
Pasaría todavía algún tiempo antes de que el jefe se encontrara en condiciones de aportar el alimento necesario para la supervivencia de aquella madriguera. Un serio peligro, peligro de muerte, se cernía sobre ella.
De pronto, una sombra obscureció la entrada de la caverna.
Sin ningún ruido o advertencia Or dejó caer a sus pies la presa que esa mañana había cazado.
Los cachorros fueron los primeros en abalanzarse hacia ella, pero un gruñido de Gur, agazapado en el fondo de la caverna, los detuvo.
Durante un momento eterno, los antagonistas se miraron sin ningún ruido y sin ningún gesto y de pronto, tan silenciosamente como había llegado, Or desapareció.
El único testimonio de su visita era la presa en el umbral de la cueva. Todavía transcurrió un rato antes de que Gur, su hembra y sus cachorros saciaran su hambre en el alimento que la providencia había hecho llegar hasta ellos.
Al anochecer, recostado en la roca exterior de la cueva, Gur se veía asaltado por ráfagas de ideas confusas y paradójicamente inquietantes y tranquilizadoras.
Intuía que no podría gruñirle a Or si volvía a encontrarlo en sus correrías o en los linderos de su terreno. Sabía que su gesto no podía ser tan feroz en adelante y de cuando en cuando un pensamiento extraño llegaba y desaparecía velozmente de su mente rudimentaria, provocado, no tanto por el aporte de la carne que los había salvado, sino por algo que había contemplado en la mirada de Or, algo especial, algo único que lo había estremecido y que no podía olvidar. Se sentía prisionero, como si la entrega de Ur hubiera sido un lazo que lo acercaba a su enemigo sin que esta cercanía significara amenaza alguna sino, por el contrario, un gran sosiego.
Gur se enfrentaba a la primera manifestación de amistad entre los humanos y nunca más podría sentirse enteramente solo.
Arriba, multitud de lucesitas parecían hacerle guiños.
Algunas de aquellas lucesitas le recordaban a Gur la forma en que quedaban sus lanzas cuando descuidadamente las dejaba caer en el fondo de la cueva.
Satisfecha su hambre, sumido en extrañas sensaciones, acariciado por la tibia noche estival bajo la comba celeste, Gur se fue quedando apaciblemente dormido.
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En cantares y canciones, sagas, poemas, cuentos y novelas se pinta con los más vividos y múltiples matices a la amistad. Los diccionarios enciclopédicos son muy parcos al hablar de la amistad y se limitan a definirla como un afecto puro, noble y desinteresado que una persona siente por otra.
De acuerdo con la última investigación al respecto se acepta como un hecho que de los muchos millones de seres humanos que han vivido sobre la faz de la tierra, de cerca de seis mil millones que ahora existen y de las miríadas que probablemente morarán en este convulsionado mundo ninguno ha sido, no es, ni será enteramente igual a otro.
Si así de variada es la gama de la creación, muchísimo más lo es la forma de comportamiento y sentimientos de la especie. Por eso es necesario señalar, que lo que viene a continuación es simplemente a título de tesis y de ninguna manera concluyente.
A diferencia del amor entre personas del sexo opuesto, la amistad tiene muy poco de pasión y violencia, por lo tanto tiene mucho menos viveza, pero en cambio es más seria, más firme, más estable y más profunda, está menos sujeta a celos, es más flexible, es más duradera.
Se establece como norma entre personas que generalmente son afines en educación, en sentimiento y en buena voluntad, pero no siempre la afinidad es una característica distintiva. Una amistad muy estrecha puede surgir entre personas muy diferentes entre si y puede establecerse de manera sólida entre seres humanos de muy distinto estrato social y desiguales cultura y educación.
Es posible identificar varios elementos necesarios para la supervivencia de la amistad.
El desinterés, la lealtad, la fidelidad y la tolerancia son virtudes, no solo importantes sino tal vez indispensables para la conservación de la amistad.
La amistad es generalmente recíproca, es decir casi siempre es correspondida pero esto tampoco es definitivo, Juan puede ser muy amigo de Pedro, quererlo mucho pero es posible que Pedro no albergue en su corazón los mismos sentimientos que Juan tiene para con el o al menos que no los abrigue en la misma proporción o con la misma intensidad. Pero tenemos que admitir que esto constituye la excepción de la regla y que sí es generalmente compartida.
Como cualquiera de las fases del amor, la amistad es algo muy delicado.
Se le ha comparado en repetidas ocasiones con un vaso de finísimo cristal o porcelana que una vez roto no puede volver a armarse con la misma solidez que antes tenía.
La amistad no puede ser impuesta. Es una opción que cada quien escoge pero una vez establecida constituye un fortalecimiento propio porque no hay nada que pueda compararse a la fidelidad de un amigo y no existen valores con que medir la riqueza de su afecto.
La amistad puede existir entre seres de distinto sexo. Existe desde luego entre familiares, pero es menos frecuente de lo que pudiera suponerse, no todos los primos ni aun todos los hermanos son amigos. La amistad puede existir entre padres e hijos pero solamente adquiere una dimensión propia cuando ambos son adultos.
Podría suponerse que son las cualidades de los seres humanos las que nos hacen apreciarlos y sentir amistad por ellos. Así es generalmente. Pero a veces sentimos amistad hacia una persona no precisa o únicamente por sus cualidades sino también por sus defectos y a veces principalmente por ellos.
Se trata de un símbolo de la humildad del hombre que se reconoce imperfecto y defectuoso y por eso estima como su igual a otro ser tan defectuoso e imperfecto como el mismo. Hay la aceptación de que uno es solamente un ser humano con pocas virtudes y muchos defectos.
Hay el reconocimiento de que no se es dios.
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Gur el cavernario no sabia lo que le estaba sucediendo y no podía por lo tanto concluir en que estaba sufriendo el impacto de su primer roce con la más bella, la más hermosa, la más sublime de las facetas del sentimiento humano, la Amistad.
Cuando el hombre apareció en la tierra tenía como cualquier otro animal cuatro necesidades básicas: alimentarse, dormir, abrigarse contra las inclemencias del tiempo y reproducirse.
Pero debido al rápido desarrollo de su cerebro y concomitante con este, de su inteligencia, el hombre llegó pronto a la comprensión del universo que le rodeaba, advirtió su circunstancia y agregó a las necesidades antes mencionadas una quinta, no precisamente básica pero si evidentemente colateral: la de conservarse íntegro y sano como imperativo para su supervivencia.
Debió haber sido en este momento cuando, además de su terror irracional, que desgraciadamente todavía persiste en forma ocasional, adquirió el miedo razonado, importante cualidad que le permitió sobrevivir y llegar a ser el rey de la creación. Importante pues si el hombre no hubiera tenido miedo es muy probable que actualmente no existiera.
Más tarde el hombre se integró en clanes, grupos de familias y los conocedores de esta materia, los antropólogos, después de profundos estudios aseguran que en estos clanes ya existía quien recogía frutos, hojas, diversas partes provenientes de animales, raíces y hasta partículas minerales y tierras, con supuestas, pero muchas veces reales, propiedades curativas.
Demos un enorme salto en este momento y lleguemos a las sociedades constituidas en grandes grupos humanos.
Continúa la preocupación por el mantenimiento de la salud como elemento primordial en el desarrollo del hombre y tiene que haber sido una de las primeras, si no realmente la primera materia que llegó a ser motivo de estudios superiores, aquella que preparaba a determinadas personas para lograr el mantenimiento de la salud e integridad del hombre.
De estas primeras escuelas de estudios superiores emanaron los médicos y como estos eran los primeros que tenían elevados conocimientos, se les llamó doctores, no porque conocieran el arte de curar, sino simplemente porque sabían.
Con el tiempo la aplicación del término doctor se amplió, se agregó a prácticamente todo aquel que estudiaba una carrera del orden biológico, a los propios biólogos terrestres y marinos, a los veterinarios, a los odontólogos y aún a los químicos, pero al ampliarse la aplicación de la palabra lo que se hizo fue disminuir, minimizar, su significado real.
Ha sido solamente en épocas recientes cuando las mismas instituciones que ocasionaron el problema han intentado regresarle al término doctor su valor total.
Probablemente es a partir del comienzo de este siglo cuando las universidades ofrecieron cursos superiores de postgrado después de haber facultado a determinada persona para ejercer su carrera.
Cuando sobre cualquier materia de los actuales conocimientos del hombre se quiere ir mas allá, centrar los conocimientos, afirmarlos, ampliarlos y saber mas de su asunto, las universidades ofrecen lo que se llama una maestría. Y cuando después de esta todavía se quiere saber todo lo que hay acerca de determinado conocimiento específico, entonces ofrecen el grado máximo posible que una universidad de prestigio otorga, que es el de doctor.
De manera que un abogado, un ingeniero, un contador, un biólogo y cualquier otro estudioso, puede llegar a obtener, por los canales adecuados, el título de doctor.
El término tiene su origen en una expresión fonética indoeuropea (sánscrita) cuya idea es "la palabra que enseña".
Para indicar (enunciar) un verbo en latín, se usan: la 1ª y la 2ª persona del presente, el infinitivo, el pretérito y el supino. Este último es el equivalente de nuestro participio pasado y tiene su raíz en el prefijo sub: abajo, por abajo, inferior, pasivo. El participio pasado también es pasivo.
Ya en el español supino muestra claramente su carácter. Es la posición del hombre boca arriba. Supinación es la colocación de la mano con la palma hacia arriba. posición de suplicar o recibir, no de dar.
Amatum es el amado, no el amante. Doctum es el enseñado, no el maestro, no el enseñador.
Doctor es el término final. Es el que sabe mucho y lo transmite, lo enseña.
Doctor es el poseedor de la palabra que lleva el conocimiento y con este conocimiento los pensamientos que ilustran, que preparan, que llevan nuevas luces al saber de quienes los escuchan. Es, el gran maestro. Las universidades, por supuesto sabias y exigentes, reservan sólo para escogidos esta excelsitud.
Y por todas las consideraciones filosóficas al respecto, nada hay tan venerado como un maestro.
Tengo un amigo de un tipo muy especial. Todos tenemos un amigo de este tipo.
Es el sujeto dicharachero, alegre, alburero, de sangre liviana, ese que es capaz de hacer cualquier broma e igualmente soportarla, aquel que insulta jocosa y graciosamente a sus amigos y que con la misma tranquilidad acepta los insultos o bromas que le regresan, e inclusive los festeja.
Aquel que ríe fácilmente de todo asunto de esta naturaleza.
Pues bien, mi amigo se lió a golpes en un bar con otro de sus conocidos, lo cual, claro está, nos pareció totalmente inusitado.
Más tarde nos explicó la razón de su enorme disgusto. Le habían llamado "individuo" y ese insulto, esa terrible lesión a su integridad no la podía soportar ni perdonar.
Desde su punto de vista, que comparten otras personas, tenía razón. En efecto, de mucho tiempo atrás hemos venido usando la palabra individuo siempre para significar un defecto de comportamiento de lo más serio posible.
A un individuo grosero y vulgar le llamamos individuo de baja estofa. Normalmente usamos individuo para indicar que aquella persona a la que nos estamos refiriendo es un tal por cual, capaz de hacer cualquier canallada.
Simplemente cuando decimos no querer nada que ver con aquel "individuo" ya estamos infiriendo las graves razones por las cuales no queremos acercarnos a el.
Así hemos transferido al sustantivo individuo el carácter de adjetivo, pero adjetivo que está muy lejos de ser calificativo pues siempre lo usamos en su sentido peyorativo.
Y más lo es cuando lo usamos en femenino. Una individua es una mujer capaz de todos los males, entre ellos y más común el de haber hecho un negocio permanente con su propia anatomía.
Por lo tanto mi amigo tenía razón.
Desde el punto de vista etimológico, individuo quiere decir aquello que no se divide.
Cuando lo usamos en otra acepción queremos decir que se trata de un sólo espécimen dentro de un género, familia o raza.
Desde el mismo punto de vista etimológico y curiosamente, individuo quiere decir lo mismo que átomo o cuando menos muy cerca de lo mismo.
La primera palabra procede del latín: in, prefijo de significación enteramente negativa y dividere, dividir, lo que no se divide.
Átomo proviene del griego. La partícula alfa es privativa. Tomé, la sección, el corte, la división, o sea lo que no puede dividirse o simplemente no se divide.
La ciencia ha demostrado la falsedad en el significado que se le dio a la segunda palabra y por lo tanto la ha desvirtuado.
De la misma manera en que una célula es capaz de dividirse por medio de los fenómenos llamados mitosis y fisión para dar origen a dos o más nuevas células, el átomo también acepta ser dividido mediante fisión (cuando menos los de gran peso, como los del plutonio, uranio y otros).
El individuo humano no puede ser dividido sin destruirlo. De manera que a este si le corresponde íntegramente el significado de la palabra.
Todavía hay una grave diferencia entre el átomo o la célula, por su lado, con el individuo de la especie humana, por otro, y este concepto es el que ha dado origen a este apunte.
Hasta donde sabemos un átomo o una célula son enteramente iguales a otro átomo o célula del mismo tipo o del mismo elemento. El individuo de la especie humana es absolutamente único.
Si recordamos parcialmente a Omar Khayyam diremos que de las miríadas de seres humanos que han vivido en este castigado planeta, nunca ha habido uno igual a otro y que muy posiblemente mientras la tierra siga girando y los hombres reproduciéndose, jamás habrá uno que en ningún momento haya sido o sea igual a otro.
Cuando a mi amigo le llamaron individuo posiblemente lo hicieron con el afán de molestarlo, pero en realidad le estaban haciendo el más grande elogio que puede hacerse a persona alguna. Eres un ser especial, diferente, que no ha tenido, no tiene y posiblemente jamás tendrá par.
Mi amigo no tenía razón.
La tecnología moderna, con su desarrollo acelerado, requiere constantemente de nuevas palabras. En una muy alta proporción, las toma del griego. Cualquiera que sea su procedencia, estos términos se llaman, en un principio, Neologismos.
El que encabeza este apunte procede del Griego Klon: Rama, vástago, retoño.
Los diccionarios modernos lo definen:
a) Descendiente derivado asexualmente de un organismo simple.
b) Duplicado genético e idéntico1 de un organismo, producido reemplazando el núcleo de un óvulo2 no fertilizado por el núcleo de un cuerpo celular del organismo.
Comenzamos a escuchar Clon después de transcurrida la primera mitad del siglo veinte, aunque es posible que los científicos la usaran desde antes. El hecho es que ahora todo mundo especula con ella y con su significado: Los biólogos especializados emitiendo teorías con ciertas bases sólidas, los escritores de ciencia ficción y el cine, echando a andar la imaginación para desafiar nuestra capacidad de asombro: El Hombre de las Estrellas, Los Niños de Brasil, etc., etc., nos hacen ver ya como un hecho posible la reproducción de seres humanos, enteramente iguales ente sí, sin explicar como se logró.
Del robot3 se pasó rápidamente a la cibernética4 y al hombre biónico5 y enseguida al androide6 , en cierta manera precursores del Clon. Ciencia ficción y cine ya llegaron a este. Y lo que cada hombre y mujer del mundo opina o puede pensar sobre esto se dispara en todos los ángulos posibles.
Sin entrar en profundidades la teoría es:
1.- Gametos7 masculino y femenino con características e información diferente se unen y constituyen un cigoto8, heredero y poseedor de las características e información de las células que lo formaron, pero en diferentes proporciones. Se dividirá y multiplicará para crear un nuevo organismo completo pero siempre distinto a sus progenitores. Esto es lo natural.
2.- Si se hace realidad la definición "b" obtendremos un cigoto , que tendrá todas las características e información del organismo único y progenitor. Al dividirse y multiplicarse se crearán seres idénticos al original.
Multitud de incógnitas vienen enseguida a nuestra mente. Los científicos todavía no explican más.
La sola idea es aterradora porque viola enteramente las leyes de la
naturaleza, que va en contra de identidades y que siempre que crea un ser,
lo hace completamente distinto a cualquier otro. La gama de la creación
es infinita.
Todos quienes llegan por primera vez al Estado de Yucatán sufren la impresión de que se trata de un territorio árido, caluroso e inhospitalario.
Pronto sin embargo, empiezan a darse cuenta de que en realidad es una tierra de encanto, de leyenda y de belleza.
En ese Estado, cerca de Tizimin un pariente tiene un extenso rancho en el cual hay dos grandes cenotes, uno de ellos muy cerca de la casa principal. Hace algunos años, invitados por el hijo del dueño, planeamos bañarnos en este cenote. Cuando lo conocimos resultó ser un enorme pozo de aproximadamente 25 Mts. de diámetro y unos 20 de profundidad desde la superficie hasta donde comenzaba el agua. Las paredes de este pozo eran muy irregulares, anfractuosas y cubiertas de hierbas, arbustos y hasta árboles. Con una soga larga que atamos a un árbol de la superficie descendimos los tres amigos hasta una roca sobresaliente casi a nivel del agua. Eran aproximadamente las 4 de la tarde de un día caluroso y soleado, pero abajo, la noche parecía estar a punto de caer y se sentía un frío extraño.
De un árbol que crecía a la mitad de la altura del pozo, encorvándose hacia arriba hasta sobresalir por encima de la superficie, descendían hasta el agua unas raíces aéreas, que formaban al hundirse en el pozo un macizo impresionante. El silencio era profundo hasta el grado de que podría haberse oído el vuelo de un ave si esta hubiera existido, pero no se veía ningún signo de vida. Atamos una soga al extremo de la roca y la dejamos caer al agua. Quince o más metros de soga descendieron mientras la piedra se hundía, pero la soga se agotó sin tocar fondo.
El agua tomada en el cuenco de la mano aparecía pura, clara y transparente pero en el conjunto del pozo parecía un mar de tinta. En cualquier momento, imaginé, va a salir del agua un monstruo prehistórico.
De pronto oí que me decían: échate al agua. Reaccioné inmediatamente poniendo a mover músculos de brazos y piernas mientras decía: tengo un poco de frío y voy a entrar en calor antes de echarme al agua. Comienza tú, le dije al que me había hablado.
Este me respondió que solían darle calambres y por eso necesitaba que otro ya estuviese en el agua antes de lanzarse. Entonces bajamos la vista hasta el tercero de los amigos que sentado en la piedra contemplaba filosóficamente el cenote.
Enrique, dijimos casi al unísono. Pero Enrique ni siquiera nos miró. Se limitó a responder: creo que no me voy a bañar porque tengo miedo.
Los tres éramos hombres adultos, responsables y de cierta manera osados, pero todos teníamos miedo.
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Constantemente estamos rodeados de personas con las cualidades suficientes para hacer frente a la vida. Si en cualquier momento alguien nos dijera que somos miedosos nuestro sentimiento sería de rechazo total y unánime. Y sin embargo, con frecuencia tenemos miedo.
La historia del hombre aún teniendo en cuenta la velocidad de su transformación en los relativamente pocos años que tiene sobre la faz de la tierra, se compone de una larga serie de fracasos y de hechos intranscendentes.
Recordemos que ha habido largos períodos en el devenir de la humanidad en los que esta se mantuvo completamente estancada viviendo con el grado de adelanto existente años atrás sin modificaciones de ninguna especie, en momentos en que el número de habitantes ya se contaba por cientos de millones. Un número incontable de vidas pasaron sin dejar la más mínima huella.
Por esto es que sobresalen brillando con luz propia de gran intensidad los éxitos logrados por los hombres en los diferentes períodos de resurgimiento de la humanidad y que la historia recoge porque son precisamente estos hechos los que la forman.
Estos sucesos sobresalientes han sido logrados por hombres que poseían diversas cualidades. Algunos, los militares por ejemplo, han tenido don de mando, energía y carácter. Otros una mente inquisitiva, brillante y disciplinada como los científicos, o una constancia a toda prueba, tal es el caso de los inventores. Algunos más un cerebro razonador y matemático y no falta en la historia quienes nos han legado su nombre debido a su excepcional vigor físico. También han sobresalido notablemente personas que no poseían ninguna de las cualidades que antes se han mencionado y por último, grandes avances de la ciencia o el arte han sido realizados por personas cuya salud estaba quebrantada o que estaban casi imposibilitados por defectos físicos y hasta nerviosos bien marcados.
Recordemos que Miguel de Cervantes Saavedra escribió las más notables de sus obras después de haber perdido un brazo. Que ha habido varios científicos notables, cojos o tuertos. Que Beethoven compuso bellas obras musicales cuando su sordera estaba ya muy avanzada.
Quienes están familiarizados con la industria del hule recuerdan de un hombre poco brillante casi nada ilustrado, poco saludable y pobre en ocasiones hasta lo miserable y a pesar de todo ello este hombre Charles Good Year ha perpetuado su nombre porque logró un adelanto industrial muy notable con el descubrimiento de la vulcanización del hule.
No es necesario profundizar en esto para convencernos de que las cualidades de quienes han ayudado a la humanidad a adelantar en alguna forma son muy variadas. Pero todos ellos han tenido una sola característica común. Todos tuvieron fe. Muy aparente u oculta: En ocasiones manifestada a otros, reconocida por los mismos o subconsciente. Pero todos tuvieron fe.
A veces esta fe ha sido la de la primera acepción de la palabra, la virtud teologal, la primera de la trilogía, fe, esperanza y caridad. Pero además de esta clase de fe también se puede creer en otras cosas, en otras personas, se puede tener una profunda fe en una idea, en una substancia, o en un grupo de ellas. Básicamente el hombre necesita tener fe en sí mismo para lograr su propósito.
No se puede concebir a un hombre inteligente pero sin fe en algo.
Es muy posible desde luego pensar en un retrasado mental sin fe. Las personas que han estudiado profundamente la materia, consideran por estas razones que el ateo verdadero, como ente inteligente no ha existido, no existe y a menos que la naturaleza humana cambie completamente, no existirá.
Nadie puede negar a estas alturas, con los conocimientos y experiencias recogidas de los milagros que la fe es capaz de lograr. Están a la vista de todos las grandes realizaciones producto de ella en todos los ramos de la actividad humana sin tener en cuenta los acontecimientos religiosos.
La fe va creciendo con el hombre y todas las veces que este se ha propuesto lograr algo esta fe se le ha arraigado tan profundamente en su ser que lo ha impulsado a realizarlo como el más poderoso motor que pudiéramos imaginar. Indudablemente la fe es una de las grandes virtudes del hombre humano.
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Consideramos el miedo como una de las grandes lacras, un execrable defecto del hombre. Sería aventurado decir que constantemente tenemos miedo pero detengámonos un momento a considerar que casi todos nosotros estamos siempre preocupados por algo. Pronto nos daremos cuenta que la preocupación es una especie de miedo.
Cuando el hombre alcanzó la apariencia física que ahora tiene la especie era muy reducida en número. Para poder sobrevivir tenían que comer, protegerse de las fuerzas naturales y reproducirse para mantener la especie. Pero estaban rodeados de peligro. La naturaleza misma era posiblemente más despiadada y cruda que lo que ahora lo es. Los hombres estaban rodeados de animales feroces cuyo peso y musculatura, garras y colmillos, fuerza destructiva en general, era mucho mayores que las que el hombre podía oponerles. Pero este hombre primitivo tuvo afortunadamente miedo. Si hubiera sido temerario, si no hubiera conocido desde entonces el miedo no podríamos hablar en este momento de él para intentar convencernos de su real significado pasado y actual. El hombre no hubiera sobrevivido sin miedo.
Es claro que ahora no estamos rodeados de garras asesinas ni de colmillos crueles, no podemos decir que bestias feroces nos persiguen para alimentarse de nosotros, pero, otra vez para nuestra fortuna, nuestro miedo atávico, sigue en pie. Si es cierto que ha cambiado, si es cierto también que ha decrecido en intensidad y vamos a admitir que lo hemos medido y de alguna manera razonado pero también lo hemos diversificado. Seguimos teniendo miedo de lo desconocido pero hemos encontrado el miedo al ridículo, a la pobreza, al escándalo, al estancamiento y a un sinnúmero de cosas más.
Por razones confusas tal vez por equivocación en el significado de la palabra siempre tratamos de ocultar nuestro miedo, nos avergonzamos de él y nos sentimos ofendidos si alguien nos dice que lo tenemos. El miedo no es necesariamente cobardía, es simplemente derivado de la necesidad absoluta de la supervivencia humana. No debe ser motivo de desprecio ni ocultación. Debe ser motivo de orgullo. No es una mancha del hombre. Tenemos el miedo para prevenirnos y para vencer venciéndolo. Es una generosa herencia, una valiosísima virtud.
Admitiendo ya que estamos llenos de preocupaciones y de temores, como cualquiera otra persona responsable, y que diariamente se nos presentan nuevos problemas que resolver el consejo de seguir es tomarlos con todas sus preocupaciones y temores acompañantes, analizarlos cuidadosamente y enfrentarlos con la serenidad necesaria para resolverlos. Todos tememos que algo suceda o no y deseamos que algo pase o no.
Queremos hacer un viaje y tememos que sobrevenga algún accidente.
Deseamos efectuar un negocio y tememos a la posible pérdida del dinero que se invertirá.
Queremos expresar una idea y tememos el efecto contrario que la expresión de esta idea pueda producir en quienes nos escuchan.
Queremos hablar ante otras personas y tememos que nuestras ideas no sean todo lo convincentes que deseamos.
En cualquiera de estos casos hay que considerar nuestro temor como lo que realmente es: Un elemento positivo que nos obligará a tomar las precauciones necesarias, a planear con cuidado y a trabajar mucho en la elaboración de cada caso y luego, enfrentar la situación confiando en que hemos hecho lo suficiente para que todo salga bien. Después de todo este esfuerzo debemos tender confianza en que nuestro trabajo será retribuido.
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Un amigo me contaba que por una travesura sin importancia, de esas que todos los niños de 8 a 10 años hacen, había reprendido con extremada severidad a su hijo.
En ocasiones llevamos nuestras preocupaciones y disgustos a casa y descargamos nuestro mal humor sobre quienes menos culpa tienen de él, sobre quienes menos lo merecen.
Regañé violentamente a mi hijo, decía, y de pronto me di cuenta del sobresalto que mi regaño le causaba. Había aterrorizado a mi propio hijo a quien quiero más que a mi mismo. Me arrepentí al instante pero el daño ya estaba hecho.
Esa noche, como todos los padres hacen, antes de acostarme fui a revisar el dormir de mis hijos y me detuve a contemplar a aquel a quien había regañado.
El rostro de un niño dormido, de un hijo dormido, es un espectáculo hermoso. Revela tranquilidad, dulzura e inocencia. La sonrisa de un niño en sueños parece mostrar todas sus fantasías infantiles y toda la ternura de que los niños están dotados.
Contemplando el rostro de mi hijo, continuó diciendo mi amigo, como en un acto de contrición, sentí de pronto que un escalofrío me recorría la piel, un pensamiento terrible llegó a mi mente y sentí miedo. Que sucedería pensé si, puesto que no tengo la vida comprada, muriere esta noche. Me recordaría mi hijo como yo quiero, ¿como un padre cariñoso? ¿o como un sujeto grande y violento que lo regañaba duramente? y de ahí mi pensamiento me llevó por otros cauces. ¿Cómo me recordarían si muriere, mis familiares, mis amigos y las personas con quien trato a diario.?
Si ahora desapareciere, ¿durante cuanto tiempo y como, me recordarían? ¿Qué he hecho para ayudar a otros? ¿Cuáles obras he logrado que me hagan merecedor de un recuerdo grato y duradero?. No pude dormir.
La vida de un hombre, el espacio que transcurre desde su nacimiento hasta su muerte es efímero, es bastante limitado. Además no se vuelve.
Hace siglos un gran poeta expresó algo que ahora, más de quinientos años después sigue siendo la misma verdad:
No es extraño, de las miríadas que antes que nosotros
cruzaron el umbral del oscuro destino
ninguno ha regresado a mostrar el camino
por conocerlo es fuerza andarlo cual los otros.
Así pues, nadie ha podido regresar para corregir sus errores. Es necesario conocerlos y enmendarlos antes de que la mano del destino nos señale el final de la jornada.
No todos los hombres pueden legar sus hechos al mundo aún cuando posean inteligencia, constancia, rectitud, integridad y otras muchas y buenas cualidades. Esto es cierto, pero también es cierto que esta sola razón no es suficiente para que no intentemos hacer cuanto este en nuestras manos para darle mayor valor a nuestra vida ayudando a otros.
Cuando el divino redentor del hombre,
cual sumo juez escriba nuestros nombres,
no hablará de derrota o victoria,
no observará la búsqueda de gloria,
ni dirá si perdimos o ganamos,
solo habrá de decir como jugamos.
La inmortalidad, la permanencia del hombre como cuerpo animado no existe. La medimos solo en razón de la profundidad que su huella deja en el camino. Hagamos todo el esfuerzo, utilicemos toda nuestra capacidad para merecer una buena calificación cuando por fin hayamos de rendir nuestra declaración final, y apoyémonos para ello en estas nuestras dos grandes virtudes, un generoso miedo y una inquebrantable fe.
El hombre es uno de los más recientes seres animados que pueblan la tierra.
A partir de la era en que estos, los entes biológicos, comenzaron a aparecer, su ciclo ha sido el mismo: nacen, crecen, se reproducen y mueren. Nuestra especie no se ha librado de este ciclo. Su inmortalidad física no existe pero, además, su permanencia es bastante corta como individuo.
Lo que debemos y queremos hacer tiene que realizarse en el corto periodo en que se nos permite respirar.
La inmortalidad solamente la podemos medir en relación con la permanencia de nuestros hechos en el recuerdo de quienes nos sucederán.
Las obras de los grandes hombres de la historia, artistas de todo género: escritores, pintores, escultores, músicos, etc., estadistas, guerreros, biólogos de todo tipo, pueden perdurar por siglos. Las del hombre común son más limitadas, pero no se puede decir de ninguna manera que tengan que ser necesariamente nulas.
Seremos recordados por nuestros amigos y descendientes que nos conocieron y que estimaron lo que hicimos o como nos comportamos.
Seremos estimados por aquellos que tengan motivos de agradecimiento por lo que realizamos.
Todos los hombres debemos esforzarnos por lograr nuestra propia inmortalidad,
no importa cuan breve sea, de acuerdo con la cantidad y calidad de los
servicios que proporcionemos.