Hay en el arte de las letras quienes escriben largamente pero expresan poco; unas cuantas ideas y muchas palabras pueden ser bellas e incluso dejar un grato sabor momentáneo.... que desaparece pronto en el olvido.

Hay en cambio, personas que sí tienen mucho que decir.  Aquellos que han vivido con profundidad, esos tienen mucho que decir; y si un buen día sienten deseos de expresar algo de lo vivido y aprendido, producen páginas que nos dejan un conocimiento, que nos invitan a reflexionar, que enriquecen nuestra propia existencia.

Ese es el caso de Ramiro Rodríguez Barrera. campechano, empresario y cazador además de excelente esposo, padre y abuelo, nos muestra en una serie de estudios y relatos el mundo en el que se desenvuelve: sus campos, sus viajes, sus aventuras, sus negocios.  Con la misma soltura y desenfado habla de Dios como de los hombres que ha conocido.  E incursiona temerario en la filosofía y en la política como si fueran parte de su habitual cotidiano.

El mismo tal vez no lo percibe pero siendo hombre de negocios, no habla como tal sino como profesor, como maestro; más bien como hombre. Como hijo de un hombre eminente y a su vez su principal maestro, nos comparte la admiración y amor a su padre, amén de las valiosas enseñanzas que de él recibió.

No busques, lector, el ego del autor en estas líneas; él no lo plasma, o al menos, no es esa su intención.  Pero sí en cambio maneja con clara descripción el ego de sus personajes.  La obra no es un culto a la personalidad propia sino un homenaje a quienes son sujetos de su narración.  Personas o animales.  El yo de la Chamaca; el de Francisco; el del tigre o el de la paloma azul.