CAPITULO PRIMERO

DON RAMIRO

Los motivos

Esta serie de relatos ha sido escrita principalmente para la familia, es decir, para la descendencia de Ramiro Rodríguez Aguayo.

Basada en experiencia de milenios es creencia general que la inmortalidad física del hombre no existe por lo que la consideración de la inmortalidad de cada ser humano sólo podrá ser establecida en la medida en que el recuerdo de sus hechos permanezca entre quienes le sucederán.

Y aún esto, siendo subjetivo, sólo se completa con el reconocimiento de obras y pensamientos. Por ello la serie "Don Ramiro" tenía que ser escrita.

El protagonista provino de una familia pobre y humilde.

De pláticas con mi padre deduzco que, a muy corta edad, su primera ocupación fue la de pastor de cabras, a la que accedió después del tercer naufragio de la canoa de mi abuelo y cuando, habiendo pasado cuatro días sin comer en una costa inhóspita, Don Ramón consideró prudente abandonar los peligros del mar e intentar cualquier otra ocupación menos azarosa. Y alguien le habló de cabras.

No encuentro desdoro alguno de lo anterior pues una gran parte de los inmortales han tenido como cuna una estera de paja. Y si mi abuelo hubiera sido rico también me apegaría a la verdad. Pero de todas maneras es más meritorio superarse cuando no se ha contado con medios económicos que permitan el librarse de las necesidades más apremiantes.

Don Ramiro era capaz de razonar y estaba dotado de una mente aguda e inteligente, pero estas cualidades tendrían que ser consideradas como bagatelas en comparación con una voluntad granítica, con la profunda capacidad de observación y la perseverancia y determinación indestructibles de mi padre. Además, contaba en su bagaje con un hondo sentido de honestidad, anacrónico aún para su tiempo.

Provisto de esta riqueza Don Ramiro aprovechó su tiempo dividiéndolo entre una actividad mercantil, en una escala bien modesta, y lo más grato de su vida: La enseñanza.

La primera era una urgente necesidad. Tenía que vestir, alimentar y educar a su familia. La segunda una vocación., una afición en grado de fanatismo y en un doble sentido pues durante toda su vida fue simultáneamente maestro y estudiante.

Pienso que logró en ambas actividades un éxito fenomenal, dadas sus circunstancias. Educó a sus hijos hasta cuanto cada uno de ellos quiso en grados escolares, y les proporcionó en su propia casa una segunda universidad en la que todas las cátedras eran impartidas por un solo hombre. La doble disciplina tenía que rendir buenos frutos.

Día a día, como el que atesora centavos, mi padre fue logrando el respeto de su comunidad, pero no cualquier respeto, pues estuvo basado no en el poder, la riqueza o las vestiduras, sino en la perseverancia de propósitos que nada era capaz de variar.

Generaciones de estudiantes recibieron conocimientos y consejos que posteriormente habrían de aceptar, recordar y señalar a otros. Así, poco a poco, fue cimentando su figura de maestro capaz, honesto y duro, pero a fin de cuentas, afectuoso e interesado en el futuro de cada uno de sus alumnos.

Con el transcurrir del tiempo, mi padre obtuvo por fin sus premios. Por supuesto estos no fueron en metálico. Tampoco de los que se pueden comprar con dinero. Fueron ganados a ley y debidos a su constante esfuerzo.

Durante sus últimos años y hasta su muerte, fue el decano de la Universidad del Sudeste y como tal gozó de muchas consideraciones.

Igualmente el Gobierno Francés reconoció el valor de su colaboración en favor de la cultura de Francia y le otorgó las Palmas Académicas por conducto de su ministerio de educación.

Mi padre recibió la noticia cuando la enfermedad comenzaba a minar su organismo y las Palmas fueron recibidas por los hijos de Don Ramiro en la Embajada Francesa en México, después de su muerte.

Cuando un ser querido desaparece sus allegados se sienten traicionados. Siempre piensan, que la transición fue prematura. Que deberían haber gozado de su presencia durante un tiempo mayor. Pero el final tenía que llegar y lo correcto es pensar sabiamente que llegó en su momento, para poder recordar sin tristeza lo sucedido.

En nuestro caso debemos tener presente cómo toda la ciudad manifestó su duelo cuando por ella cundió la noticia de la extinción de la vida de Don Ramiro, pues ésta había sido una constante llama que alumbrara durante un largo período el camino de muchas personas.

Al igual que las estrellas desaparecidas cuya luz nos sigue llegando, el resplandor que mi padre dejó continúa hasta la fecha iluminando senderos. Por eso se escribieron estos relatos.

El niño y su tiempo

La tarde era calurosa y ya sombreada.
Apoyado en el quicio de entrada a la casa, el hombre observaba cuanto sucedía en la calle  y cuando me acerqué a él respondió amablemente a mi saludo. Me identifiqué y le comenté que aquella casa era la misma en que había nacido y pasado mis primeros años.

Con esa afabilidad y sencillez que pusieran al campechano en el diccionario, el  señor se avino a platicar conmigo.

Callejón de por medio solamente dos familias nos separaban de la pequeña escuela de las Guerrerito, rectas, secas y severas, pero muy cariñosas y responsables ancianas que enseñaban las primeras letras y cuidaban además a los párvulos del barrio. La escuela era precursora de nuestros actuales kindergarten.

Enfrente y en la esquina estaba doña Cecilia, a quien nunca vi en la calle y apenas atisbé a través de las ventanas una que otra vez.

Pero doña Cecilia tenía un tesoro en su casa. Estaba en su patio y era un gigantesco almendro cuyos frutos, al sazonar, perdían totalmente sus aristas, se redondeaban y en exquisitos tonos amarillos y rosados ofrecían su regia madurez. Una niña, también misteriosa, comerciaba con la fruta y a través del enrejado me entregaba por un centavo 3 ó 4 de las sabrosas almendras.

Después de algunos comentarios de esta índole, le pregunté si la casa había sufrido modificaciones importantes desde que él la vivía. Me respondió que no, que aparte de repellos, pintura y reparaciones de monto menor la casa se conservaba igual de varios años atrás, y viendo mi interés me invitó a visitarla y enseguida me hizo pasar a su interior; y mientras departíamos  ya como viejos amigos, me condujo por todas las habitaciones de la misma.

Llegamos al patio y de pronto, milagro, ahí estaban los lirios. Mis oídos dejaron de escuchar las palabras de mi acompañante, mi espíritu dio un salto hacia atrás en el tiempo y volví a ser niño contemplando como los pétalos de los lirios estallaban después de la lluvia vespertina, disparando las restantes gotas que por un fugaz instante reflejaban maravillosamente los colores del arco iris.

Me despedí de aquel amable caballero asegurándole mi amistad y mi agradecimiento.

Al día siguiente tuve la oportunidad de comentar con mi padre los pormenores de lo sucedido.

Habíamos dejado de vivir en el barrio de  Guadalupe bastantes  años atrás. Por razones de estudio vivía entonces en México y solo las vacaciones me permitían pasar poco más de un mes en mi tierra natal.

Dije a mi padre: estuve en la casa de Guadalupe y un señor muy amable que ahora la habita me invitó a recorrerla. La idea que en mi mente estaba acerca de la casa es completamente distinta a la realidad, pues es muchísimo más pequeña de lo que yo la recordaba.

Bueno, respondió pausadamente mi padre, lo que sucede es que recordabas la casa con los ojos de un niño, de un niño de pocos años y pequeña estatura. Sus puertas, sus salones y jardines eran enormes para tu edad. Pero ahora, cuando muy probablemente has llegado a tu máximo crecimiento, tu observación es la de un hombre, ya no la de un niño y por eso la casa, sin haber modificado su tamaño, te parece tan pequeña.

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Llegada la tarde, terminadas las tareas escolares o caseras que también se me imponían, después de la cena y del sabroso chocolate, se me permitía un par de horas de esparcimiento que aprovechaba para jugar con otros niños en el parque cercano.

Mi padre llegaba más tarde al mismo parque. Se sentaba en una de sus bancas y platicaba con todo aquel que se le acercaba.

Muchos se le acercaban y pensé que siempre dialogaba sólo con personas de su edad. Pero un día me di cuenta que no era así, sino que muchos jóvenes, en etapas de estudios superiores a las mías, también gastaban su tiempo escuchando a mi padre. Como yo lo tenía permanentemente en casa, me sorprendió que gente tan joven, en vez de dedicarse a asuntos de su edad, departieran por largo tiempo con mi padre.

En algún momento pensé en aquello con sorpresa pero luego lo olvidé. Yo tenía mis propios intereses que atender.

Tenía que pasar mucho tiempo para que yo empezara a encontrar en mi mente las razones que hacían que mi padre jamás estuviera solo y que siempre hubiera gente de toda edad más que dispuesta a escuchar sus palabras.

Era un hombre que se había pasado la vida aprendiendo. Aprendiendo las cosas que le servirían para impartir sus cátedras especializadas en lenguas en las prestigiosas escuelas de Campeche, pero también aprendiendo cosas de la vida.

Era un agudo observador de la naturaleza humana. Una persona que sabía deducir enseñanzas profundas de todo aquello que a su mente llegaba.

Pero además, carente de egoísmo, estaba siempre listo a transmitir sus conocimientos, sus ideas propias y conclusiones sobre lo aprendido, a todo aquel que quisiera escucharlo.

Había nacido maestro y por ese misterioso mecanismo que liga a los seres humanos las gentes le rodeaban siempre, ávidas de escuchar sus palabras.

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Pensé que mi padre había terminado su comentario y di media vuelta para retirarme, pero su voz me detuvo y me hizo regresar.

Al par que con las dimensiones, continuó mi padre, si bien de manera algo diferente, los niños no tienen mas idea del tiempo que la que les da su corta edad. Los niños miden el tiempo solamente en razones del tiempo que han vivido. Para un niño cada amanecer es el precursor de un largo período hasta el anochecer, un período de grandes expectativas en el que se vivirán muchas experiencias, se observarán nuevos acontecimientos, se aprenderán muchas cosas. Pero en la medida que la vida transcurre, el hombre sigue valorando el tiempo en razón de lo vivido y mientras más viva,  mas rápido se hará el deslizamiento de su tiempo.

Llegará un momento en el que advertirás, hasta con temor, la velocidad del paso del tiempo y verás acortarse los días, las semanas, los meses y hasta los años a un ritmo permanentemente acelerado.  Y será hasta entonces cuando empieces a considerar tu tiempo como el más grande tesoro que pudieras jamás haber tenido.

Aunque había escuchado cuidadosamente a mi padre, no llegué a comprender el mensaje en toda su sabiduría.

La naturaleza se comporta en determinados asuntos de manera harto egoísta y no permite la asimilación de las enseñanzas fuera de los momentos establecidos por ella misma para cada ser humano.

Ha sido necesario el transcurrir de muchos años para que reconozca por fin el enorme valor de lo que mi padre quiso enseñarme. Pero esto me demerita sólo a mi, no a mi padre. El tuvo la oportunidad y la aprovechó.

La visita a mi vieja casa  le permitió, le dio la pauta mas bien, para intentar que yo comprendiera la imperiosa necesidad de aprovechar mi tiempo. Se comportó como lo que era, como un maestro excelso.

Incidente de guayas

A manera de panadero, a mitad de una mañana apacible y calurosa, el guayero acertó a pasar por la puerta de la tienda con el cesto de guayas asentado sobre su cabeza.

Mi padre lo llamó y el guayero entró e hizo descender el cesto hasta apoyarlo sobre el mostrador. Dentro de él había una jícara que servía de medida para su mercancía.

Las guayas están formadas por una semilla casi siempre esférica, recubierta, cuando madura, de una pulpa de dos a tres milímetros de espesor solamente y de un sabor delicado. El fruto está envuelto en una cáscara verde y delgada que un catador experimentado puede partir con un diestro toque de sus incisivos y desprender fácilmente para disfrutar del sabor peculiar y agridulce de la pulpa. Luego, un roer constante y también diestro dejará por fin la semilla tan lisa como una bola de billar.

¿A cómo la jícara? Preguntó lacónicamente mi padre.

 Cinco centavos, contestó de igual manera el guayero.

Mi padre sacó un platón, lo puso sobre el mostrador y pidió el despacho de cinco jícaras.

El guayero tomó la jícara, pero no se limitó a poner el pulgar en el borde de la misma, sino que lo introdujo completamente hasta el metacarpiano dentro del recipiente. Surtió el pedido a mi padre, que lo contemplaba ceñudo, una, dos, tres veces y cuando la retiraba por tercera ocasión para volver a meterla dentro del cesto y llenarla de guayas, mi padre le sujetó férreamente la muñeca con la mano izquierda. El guayero soltó la jícara por el apretón e intentó retirar su mano en un vano empeño, pues no la movió ni un solo centímetro de donde mi padre la tenía sujeta y asentada sobre el mostrador.

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Don Ramiro era de relativa baja estatura pero muy bien constituido y musculoso. Normalmente asistía a sus clases, tanto en la escuela Pre-vocacional como en el Instituto Campechano, vestido de rigurosa guayabera blanca de mangas largas, que una vez en clase, enrollaba cuidadosamente hasta el codo descubriendo todo su antebrazo para proteger las mangas de la suciedad de tizas y borradores.

Sus alumnos comentaron en repetidas ocasiones el grosor de los antebrazos de Don Ramiro y el movimiento de sus músculos poderosos visibles claramente bajo la piel. Sus grandes y callosas manos provistas de dedos gruesos y fuertes también eran motivo de comentario.

Manos y antebrazos, signos de una complexión robusta y maciza, establecían un contraste sorprendente entre aquel poder físico de luchador y la prestancia que mi padre mostraba con sus profundos conocimientos de las materias que en la cátedra impartía. Y ambos poderes, físico y mental, aseguraban la disciplina y el respeto de los alumnos y el acatamiento de las severas normas de maestro que empleaba.

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Mi padre abrió el cajón del mostrador y sacó el cuchillo descomunal cuyo brillo era indicador de su aguzado filo y que utilizaba para cortar las cuerdas con las que empacaba los artículos que la tienda vendía.

Un gesto de temor apareció en los ojos del guayero que otra vez intentó inútilmente deshacerse de la tenaza que lo tenía sujeto.

¿Qué va usted a hacer, Don Ramiro? preguntó atemorizado.

¿Como que qué voy a hacer? respondió mi padre, mientras hacia ademán de cortar el pulgar. Ya me vendiste este dedo tres veces, suficiente para que lo considere mío. Así es que voy a tomar lo que es mi propiedad.

Y una vez más se acercó el cuchillo a la mano del guayero que para aquel entonces ya estaba pálido y aterrorizado.

Le repondré las guayas, gimió el guayero.

Me debes muchas, pero me conformo con una jícara, una jícara sin pulgar, pues no voy a permitir que me lo sigas vendiendo.

El guayero ya no pudo hablar y solamente hizo un ademán afirmativo con la cabeza. Mi padre le soltó la mano, ya bastante amoratada por el apretón y el guayero movió sus dedos y frotó la mano que había estado en prenda hasta restablecer la circulación.

Convencido de que mi padre sí era capaz de cumplir su amenaza tomó la jícara cuidadosamente, la metió en el cesto y  sin siquiera poner el pulgar en su borde, procedió a descargar tres jicarazos más en el platón.

Mi padre guardó el cuchillo y entregó al guayero una moneda de dos reales, importe estricto de la compra.

El incidente terminó allí, pero tuvo un resultado final negativo ya que no pudimos disfrutar después de las guayas, al menos las de ese guayero, que no volvió a pasar por la puerta de la tienda.

Los apuros de Jacobo

No le hagas daño nunca a nadie, escuché decir a mi padre cuando menos en tres ocasiones distintas, vigila tus actos y procederes para que no propicies que por descuido u omisión alguien resulte dañado. Pero nunca permitas tampoco que nadie te haga daño a ti o se lo haga a los tuyos. A estas palabras mi padre agregaba otra serie de consideraciones y razones que explicaban, según él, lo válido de su pensamiento y le daban sentido a sus frases. Era muy cuidadoso en lo económico, pues como había tenido que bregar muy duramente toda su vida, igual que consideraba sagradas las deudas en que incurría, también era empeñoso en cobrar lo que a él se le debía.

Jacobo Hassad, inexplicablemente, había solicitado y logrado de mi padre un préstamo de $34.00, que había sido otorgado, no precisamente por merecimientos del mismo Jacobo, sino por los estrechos lazos que unían a Don Ramiro con Antonio, este si muy buen amigo, que por azares del destino era hermano de Jacobo.

El préstamo fue concedido bajo la base de que sería devuelto al día siguiente, pero pasaron los días, las semanas y los meses también y a pesar de las insistencias de mi padre y de los requerimientos del mismo Antonio, Jacobo respondía siempre que mañana. Debo no niego, pago no tengo, parecía ser la tónica de Jacobo. Dada la precaria economía familiar la deducción de $34.00, más que el salario mensual de un obrero de la época, lesionaba seriamente los intereses de la casa.

Así las cosas, en los momentos en que Don Ramiro salía a despedir a un cliente hasta las puertas de su tienda alcanzó a ver a Juanito, el mandadero, que trabajosamente transportaba a lomo un pesado aparato metálico. Aunque acostumbrado a tareas de toda índole, en aquel soleado día tropical Juanito sudaba abundantemente con la carga a cuestas.

Lo conocíamos de mucho tiempo atrás y era el milusos de aquel entonces: Juanito, vete a la Llave y tráeme un cuarto de clavos de media. Juanito, pásate por el mercado y me traes un par de escobas duras. Juanito se defendía en la vida haciendo toda clase de encargos y también llevando noticias o recados de un lado a otro. Su diligencia y honradez le habían ganado la confianza de la gente.

Y ahora, Juanito, preguntó mi padre ¿Que andas haciendo con eso a cuestas? Es de Don Jacobo respondió Juanito.

¿Y como te encarga que lleves una cosa tan pesada en un día tan caluroso?. Esta es la hora que Jacobo pasa por aquí, de manera que si quieres déjalo y yo haré que le llegue a Jacobo.

¿Deveras Don Ramiro? inquirió Juanito.

Claro, asiéntalo allí y no te preocupes más del asunto. Yo le explicaré a Jacobo. Viendo el cielo abierto el buen Juanito dejó el motor, porque de eso se trataba y se fue a ejecutar otros encargos.

Yo estaba en el interior de la casa cuando mi padre me llamó para platicar conmigo. No vi en la tienda nada extraño, nada sobrante o faltante ni nada fuera de su lugar.

Habría transcurrido media hora del incidente con Juanito cuando se presentó Jacobo en la tienda y preguntó por su motor. ¿Cuál motor? le preguntó mi padre, fingiendo la más grande inocencia del mundo.

Pues es que le encargué a Juanito un motor y me dice que lo dejó aquí en tu tienda, Ramiro.

Te aseguro que no he tocado ningún motor, fue su respuesta. Pero de todas maneras, si es un motor, no puede perderse así como así. Dime más o menos el aspecto y la forma del motor, el peso o cualquier otro dato para investigar en donde puede estar, pero no te preocupes, seguro va a aparecer.

Nada satisfecho y visiblemente molesto Jacobo dio de todas maneras los datos del motor, pero regresó poco después con Juanito que aseveró haberlo dejado dentro de la tienda, precisamente por indicaciones de mi padre.

Este oyó tranquilamente las explicaciones de Juanito pero las ignoró y solamente le preguntó si el, mi padre, había tocado el motor. Juanito, todo aturrullado, tuvo que responder que no.

Ya mas serio, mi padre insistió en que el motor no podía perderse y agregó: mira Jacobo, para resolver este asunto hay que ver la factura del motor. Conociendo los negocios de Jacobo que siempre bordeaban esa tenue línea entre lo lícito y lo ilícito, consideraba sumamente difícil la existencia de tal factura.

Jacobo encajó la estocada hasta el fondo. Por un rato se mantuvo en total silencio, mientras mi padre lo observaba ceñudamente. La mirada de Jacobo osciló por todos los rincones de la tienda, por el techo, por el suelo, se balanceó dos o tres veces sobre las puntas de los pies, fue hacia la puerta, miró la calle, meditó ahí por un rato pensando tal vez en que honduras mas allá de las supuestas se estaba metiendo o se metería. Volvió a entrar, contemplando una vez más a mi padre por largo rato y por fin se decidió:

Yo te debo $34.00 ¿verdad Ramiro?

Bueno dijo papá tranquilamente, me debías $34.00 pero desde que te los presté han pasado más de cuatro meses y si tu hubieras pedido prestado al banco ese dinero tendrías que pagar ahora como $45.00, pero como somos amigos creo que solamente me debes $40.00.

Los ojos de Jacobo se agrandaron exageradamente y abrió la boca dos o tres veces para hablar pero la cerró otras tantas.

Se hizo otro largo y pesado silencio.

Dándose al cabo cuenta de lo inútil de cualquier argumento y con todo el dolor de su corazón metió la mano a la bolsa y procedió a amontonar en el mostrador, peso sobre peso, los cuarenta de su nuevo adeudo ante la mirada impasible de mi padre.

Cubierto el adeudo, recogidas las monedas, se mostró magnánimo: muchas gracias Jacobo, yo sabía que un amigo como tú no me podía fallar. En cuanto al motor, dame una hora para terminar mis investigaciones, que ya están bastante avanzadas, y seguro lo tendré. Jacobo se fue y regresó antes de diez minutos, pero el motor ya estaba allá, simbólicamente, en el mismo sitio en que habían estado las monedas. No hubo necesidad de más palabras. Jacobo cargó con su motor y se fue.

Yo conocía los pormenores del adeudo de Jacobo, pero no sospeché nada cuando mi padre me llamó a la tienda. El me habló de todo, menos del asunto. Todo el incidente había sido muy regocijante, muy divertido, y yo todavía conservaba una sonrisa que mi padre se encargó de borrar.

Estás en época de exámenes me dijo, y seguramente tendrás mucho que estudiar.

Me retiré, rehaciendo a pedacitos todo el maquiavelismo de mi padre. Y terminé comprendiendo que cuando me llamó, ya tenía completo el esquema de lo que iba a suceder y solo quería que yo lo presenciara.

Hábilmente había manejado, manipulado a Juanito, a Jacobo.......y de camino a mí, y su llamado no había tenido más razón que la de darme otra valiosa lección de defensa ante la vida.

La batalla

La tienda de Esteban Mijangos estaba en el barrio de Santa Lucía. A Don Esteban no se le conocía mujer ni familia y de comentarios acerca de él aprendí que en el español existía la palabra misógino. Pero había otros rumores. Su único acompañante era un gran loro al que el tendero prodigaba arrumacos constantes, y al que había enseñado muchas palabras afectuosas y sus clientes muchas palabrotas.

Infortunadamente el loro y Don Ramiro no se llevaban bien, pues desde sus primeras visitas y por inexplicables razones el loro había recibido a mi padre con las malas palabras aprendidas de los muchachos del barrio.

Pero Don Esteban era muy buen cliente y cumplidor, por lo que Don Ramiro lo visitaba con frecuencia a pesar de los insultos y el antagonismo del loro. Y ahí había llegado una tarde cuando Esteban estaba ajetreado con sus clientes y no lo podía atender de momento. Esperó tranquilamente a que se desocupara, pero cuando el último comprador se hubo retirado, Esteban se movió al interior de la tienda para otros menesteres y dejó solos a los rivales.

El loro miró de soslayo a mi padre, que le respondió la mirada con desprecio.

El loro soltó un interrogante y retador CRRROACC y Don Ramiro, que era un gran imitador de voces de animales, le respondió otro CRRROACC en tono claramente grosero. Entonces el loro soltó todas sus palabrotas en rápida sucesión.

Condenado loro, pensó Don Ramiro, que después comentó, a manera de excusa, que el pájaro había utilizado todos los improperios aprendidos, y además, otros ininteligibles, pero también ofensivos y de su propia cosecha.

El silencio se prolongó entre los dos gladiadores hasta que el loro asumió que había obtenido una victoria total. No se mueve ni habla, rió interiormente. Lo dejé  p e t r i f i c a d o . Se movió a todo el largo de su percha pavoneándose orgullosamente y emitiendo suaves graznidos de satisfacción y ayudándose con el pico, como buen trepador, recorrió todo el semicírculo superior de la misma, como un torero que le diera vuelta al ruedo para recibir los aplausos de la concurrencia. Ya en su posición original miró a mi padre con aire de perdonavidas.

Este era un experto en lanzar semillas y piedritas con bastante precisión sujetándolas entre sus índices y dejando resbalar violentamente el derecho sobre el izquierdo. A la mano estaban los cajones llenos de frijol, maíz, arroz y otros granos. Mi padre escogió el maíz, tomó en su mano izquierda un puñado de la semilla y seleccionó los granos más planos que se adaptaban mejor a sus dedos y facilitaban sus disparos. El loro se movió inquieto en la percha presintiendo lo que iba a suceder.

En el primer intento el proyectil pasó a corta distancia del loro y éste, en esa forma muy peculiar de los loros, se movió dos pasitos laterales alejándose de Don Ramiro y emitiendo esta vez un temeroso CRRROACC que su contendiente no se dignó responder verbalmente.

Mejorando su puntería disparó el segundo maíz que rozó al plumífero y lo obligó a hacer otro movimiento, el de abrir y cerrar corta y rápidamente sus alas, también en una forma muy lórica.

Advirtiendo que la cosa iba en serio el loro ya no habló, guardando un expectante y razonable silencio.

Pero Don Ramiro no estaba dispuesto a dejar las cosas ahí. A cuatro metros de distancia no parecía posible que un grano de maíz pudiera dañar seriamente al loro. Así es que lanzó su siguiente obús.

Pero esta vez el resultado fue dramático pues el grano alcanzó al loro en donde se unen cabeza y cuello causándole un efecto espectacular. El loro osciló por un momento atrás y adelante y por último el peso de su cabeza lo hizo inclinarse totalmente al frente hasta quedar colgado de la percha con el pico hacia abajo en una forma, ya no de loro, sino de murciélago.

Y en ese instante Don Esteban entró a la tienda y se dirigió a Don Ramiro para negociar con él.

La plática comercial se inició, pero un par de minutos bastaron a Esteban para darse cuenta de que no escuchaba el incesante parloteo del loro.

Levantó la vista y con una mirada de espanto se percató de la incómoda posición de su adorada mascota.

En cuatro zancadas y mientras le dirigía palabras cariñosas: lorito de mi alma, corazón mío, ¿qué te pasa? lorito, Don Esteban estuvo cerca del loro, lo enderezó amorosa y cuidadosamente desprendiendo los dedos aferrados a la percha. Como no se reanimaba el animal, Esteban colocó un trapo sobre el mostrador y acunó con esmero al loro y después de proveerse de alcohol y árnica, empezó a proporcionarle los primeros auxilios.

Mi padre estableció su primer diagnóstico: Debe haber sido un ataque de apoplejía, he visto casos semejantes.

Esteban levantó la vista por sólo un instante para medir aquella posibilidad y regresó enseguida al loro que para ese entonces ya estaba mostrando las primeras señales de vida auxiliado, no solamente por los medicamentos, sino también por las repetidas palabras dulces y los mimos de Esteban.

El segundo diagnóstico de mi padre fue igual de dudoso que el anterior: También puede ser un síncope cardiaco. Yo lo notaba algo inquieto. Esta vez el cliente, esperanzado por el revivir del loro, no prestó atención al comentario.

Don Ramiro calculó que el humor de Esteban ya no sería el mejor para hacer tratos con él. Por un instante un horrible pensamiento pasó por su mente: ¿Sería posible que el loro se entendiera tan profundamente con Esteban hasta ser capaz de acusarlo de la agresión sufrida?.

No, no puede ser.

De todas maneras no estaba dispuesto a correr riesgos innecesarios por lo que con palabras de consuelo y manifestando su preocupación por el estado de salud del loro y sus buenos deseos de que éste se recuperara totalmente, se despidió de Esteban y huyó de la tienda.

No sabemos con certeza lo que sucedió después. No creemos que el pleito entre el ave y Don Ramiro haya cesado. Pero sí sospechamos que el primero debe haberse abstenido, si es que se recuperó totalmente, de insultar de nuevo a mi padre.

Los animales no son tan irracionales como creemos, y menos uno que es capaz de aprender a hablar como una persona común o como carretero de muelle. Concluimos pensando que no sería tan imprudente, o tan tonto, como para retar de nuevo a Don Ramiro.

La Odisea

En aquel entonces, alrededor de 1930, el comercio entre Champotón y Campeche se efectuaba por mar. El punto más cercano entre las dos poblaciones al que la comunicación terrestre llegaba era a Lerma, prácticamente un barrio de Campeche distante seis kilómetros de la plaza principal de esta última. Un primitivo tranvía cubría la ruta. El resto, un total de más o menos 60 kilómetros estaba incomunicado con Campeche por tierra.

Los únicos puntos escasamente habitados eran las haciendas de San Lorenzo y Boxol, ambas entre Campeche y Seybaplaya, seguido este por las haciendas de Sijó y Haltunchén. Había cortos tramos de camino para carretas y caminos secundarios o simplemente veredas para gente de a pie. De todas maneras la comunicación entre estos puntos estaba llena de dudas y cubierta de marisma o de selva.

Don Ramiro comerciaba sus artículos en un sistema que él llamaba medio mayoreo pero que era más bien medio menudeo. Vendía artículos diversos de uso común a las tiendas de Campeche y cuando su mercado de clientes estaba más o menos cubierto, consideraba la posibilidad de un viaje de negocios a Champotón.

Pequeñas canoas a vela empleaban con viento favorable poco más de tres horas para cubrir el trayecto entre los dos puntos. Mi padre, más que considerar estos viajes como molestia o pérdida de tiempo, se deleitaba con ellos por razones atávicas.

Descendiente de marinos, estaba familiarizado con el mar y cuando era necesario participaba atinadamente de las labores de navegación. Desde su alegre salto del embarcadero a la canoa, el acomodo de sus pertenencias, los saludos entusiastas a los tripulantes, entrar de lleno al manejo del velamen y timón como uno más de ellos, pues no podía estar sin quehacer. Y luego de zarpado el barco, el goce de la contemplación de los tonos cambiantes, múltiples, azules y verdes del mar; los sábalos, las toninas, los cardúmenes de lisas, y el sol y el viento.

Todo esto era para mi padre la vida palpitante en todo su esplendor, llena de brío y de contento. Era un paseo vigoroso y reconfortante.

En una de aquellas ocasiones Don Ramiro se presentó al embarcadero de Champotón, para el viaje de regreso, a la hora que él sabía la indicada. Pero los barcos estaban imposibilitados de salir pues se esperaba un norte violento, propio de la época.

Normalmente estos viajes se efectuaban sin contratiempos. Los marinos campechanos estaban acostumbrados a sortear vientos fuertes cuando estos no llegaban a una intensidad que pusiera en peligro sus vidas y las de sus pasajeros.

Aún cuando los vientos fueran contrarios, con variados cambios de rumbo alcanzaban su objetivo. Esta vez, estando Champotón al sur, era una locura altamente peligrosa el intentar navegar contra un viento violento y franco del norte.

Mi padre tuvo que esperar.

El norte se presentó como había sido anunciado, pero no cesó. Continuaría su velocidad y no se sabía cuando podría amainar. Esto desesperó a mi padre, poco acostumbrado a la ociosidad e incapaz de soportar la inacción. Además estaban los gastos del hotel y comidas que consumirían en poco tiempo lo ganado antes con tanto esfuerzo. Decidió regresar a pie, sin antecedentes de lo que esto representaba.

Las consejas de los campechanos acerca de los peligros terrestres entre Champotón y Campeche eran múltiples. Se comentaba sobre ellos a sottovoce como si se temiera que el hablar abiertamente o en voz alta pudiera encaminar los rencores de aquellos ominosos seres sobre el osado.

El tigre de Bolonkabá, el rugido del Morro, el fantasma de Boxol, la misteriosa Volpoch, cualquiera de estas quimeras era suficiente para aterrorizar al más pintado. Pero a Don Ramiro, en aquel entonces joven, animoso y consciente de que tenía bocas que alimentar y de que necesitaba conservar hasta el último centavo para las necesidades de su familia, no podían arredrarlo.

Su único y verdadero temor era el de las serpientes pues en el trayecto abundaban coralillos, nauyacas y cascabeles. Se confortó considerando que siendo tiempo frío este peligro estaba bastante disminuido.

Champotón, pueblo tranquilo y soñoliento estaba, como hasta ahora, situado en la margen izquierda, sur, del río y en la salida de este al mar. Ahí se asentaba la mayor parte de la población del municipio. En la margen derecha había algunos terrenos cultivados principalmente de cocoteros y los pobladores de este lado se comunicaban con Champotón a través de cayucos que funcionaban regularmente durante el buen tiempo. Pero aún el río era peligroso cuando un norte, tan violento como aquel, soplaba.

Con calzado, ropa y pertenencias a cuestas atravesó por la mañana el río en su desembocadura, en donde el amontonamiento de arena formaba una barra de muy poca profundidad con la excepción de un angosto canal por el que las barcas entraban del mar hasta el muelle en el río. Llegado al otro lado se vistió de nuevo, reflexionó todavía por un rato y se lanzó.

La primera parte del camino, muy breve, fue relativamente fácil.

Transcurrió entre palmeras y vegetación con veredas muy claras y transitables.

Al salir del abrigo de los campos cultivados la situación cambió. Aunque el terreno a seguir en la primera mitad del viaje era llano, la conjugación de marismas, selva, viento y mar comenzaron a dificultar sus pasos. Afortunadamente un cielo nublado y plomizo evitaba el castigo del sol parcialmente haciendo menos penoso su andar.

Como las marismas eran impenetrables, Don Ramiro se vio obligado a buscar la orilla del mar y caminar inclinado para vencer la resistencia del viento y con su equipaje al frente para protegerlo de las ráfagas del norte. Pero caminar por la orilla del mar sobre terreno pedregoso o arenoso no era tan sencillo. Mi padre empezó a considerar si su decisión de regresar a pie no había sido mas temeraria de lo debido.

Al llegar al arroyo de Ik-ahau revivieron sus esperanzas, pues desde allí ya se contemplaba el promontorio que anunciaba la proximidad de Haltunchén. Ik-ahau debió haber estado seco para la época pero las condiciones del tiempo hacían que fuera invadido por las aguas del mar.

Mi padre tuvo que descalzarse de nuevo para vadear el arroyo. Multitud de pecesillos escapaban entre sus pies desnudos, alegrándolo, ya que no había visto ser viviente hasta aquel momento de su viaje.

En su irracionalidad los animales temen, tanto o más que el hombre, a las fuerzas de la naturaleza. Muchas horas antes de que una tempestad se presente las aves dejan de volar y se protegen lo mejor que pueden del fenómeno por venir. Los cuadrúpedos presienten, mucho antes que los aparatos científicos al respecto, la proximidad de un movimiento telúrico , se intranquilizan, y algunos gimen y abren desmesuradamente el ángulo de sus miembros como si temieran perder el equilibrio o que la tierra se abriera por el terremoto.

El tronco de un árbol caído le sirvió de asiento y apoyo para descansar y calzarse. Examinó sus pies. Algunas magulladuras señalaban el efecto de lo pedregoso del camino y pequeños puntos rojos eran la huella de la arena y su roce entre piel y zapato. Nada serio hasta el momento pero tenía que evitar mayores daños. Pasó un largo rato limpiando de arena calcetines, zapatos y pies y no se calzó hasta que estuvo razonablemente seguro de caminar sin esta molestia.

Descansado y reanimado, levantó su vista al cielo buscando la situación del sol y calculó que sería cerca de medio día. Por estar Campeche muy cerca del lado este del huso horario correspondiente anochecería a las seis o poco después de acuerdo con la estación.

La siguiente urgencia era encontrar un camino. Tenía que haber una vereda que uniera Haltunchén con pueblos y rancherías vecinas. Arrancó de nuevo atravesando diagonalmente hierba seca y lo encontró un par de kilómetros adelante. Venía de la espesura y avanzaba directamente hacia el poblado. Sonrió interiormente. Lo lograría.

Los zulúes, grandes caminadores sudafricanos, clasifican y nombran de diferentes maneras el paso del hombre. Cuando deben cubrir distancias considerables utilizan el que llaman "paso que traga la tierra", elástico, rítmico y constante. Dicen ser capaces de avanzar dormidos en la misma dirección durante largos trechos.

Mi padre debe haber utilizado un paso semejante pensando en cosas diferentes a su propósito y entreteniéndose en sus reflexiones, pues alcanzó Haltunchén sorpresivamente pronto. Uno de los lugareños, el primer ser humano que veía desde su partida, lo acompañó en el sendero por un tramo hasta su milpa, conversando con él y maravillándose cuando supo lo que intentaba hacer. Despidiéndose de su nuevo amigo cruzó otro promontorio y avizoró de nuevo el mar y percibió sus olores.

Todavía faltaba un largo tramo hasta Seybaplaya, interrumpido por la hacienda de Sijó. Pero era temprano y el camino volvía a ser llano y sin obstáculos graves. Readaptó su paso, desequilibrado por la subida y bajada de las lomas anteriores y seguro ya de que complementaría la primera parte de su viaje sin más contratiempos y dentro del límite fijado.

El hombre es ambicioso en todos los sentidos y el éxito hace concebir enseguida nuevas metas aunque las primeras no hayan sido todavía cubiertas. Así, a la vista de Seybaplaya y de la culminación de su primera etapa, comenzó a pensar en la segunda y a considerar adelantarla ese mismo día. No dejes para mañana lo que puedas caminar hoy, pensó, lo que falta esta llenó de lomas y mientras más avances más fácil se hará la segunda parte del viaje.

Boxol estaba cerca, a 30 ó 45 minutos de Seybaplaya y había tiempo y luz. Antes necesitaba comer algo y reponer su provisión de agua.

Estaba todavía a una hora o más de la población, que transcurrió sin incidentes por el centro del amplio camino carretero que seguía. En los linderos de Seyba encontró una pequeña fonda que se dedicaba a la preparación de mariscos y que estaba desprovista por el momento de ellos debido al mal tiempo imperante. Pero a la entrada de la fonda había algunos tomates cargados de fruta. Más tarde mi padre relataría lo sabroso que son los tomates guisados y acompañados de dos o tres sencillos ingredientes.

Ahí averiguó que la comunicación hasta Boxol era constante y que existía un camino que se conservaba siempre en condiciones transitables. Nuevamente descansado y reanimado por el alimento prosiguió su viaje. La noche lo alcanzó ya cerca de Boxol. El sol, que estaba lo suficientemente alto a su partida de Seyba se desvaneció rápidamente hundiéndose en el mar y dejó a mi padre con solamente la guía de las negras sombras de los árboles que limitaban la orilla del camino y la escasa claridad entre las dos líneas obscuras.

Con los sentidos agudizados, comenzó a percibir cosas a las que en otro momento no les habría dado importancia o no hubiera sentido. La temperatura cambiaba según la situación. En los bajos se hacía sentir el calor y en la culminación de las lomas la temperatura bajaba sensiblemente. El bosque estaba perfumado de trecho en trecho. El silencio que permitía a mi padre escuchar el ruido de sus pasos y los susurros y quejidos de la selva, comenzó a ser interrumpido, cuando se acercaba de nuevo al mar, por un sordo rumor periódico y alarmante. El estruendo llegaba evidentemente del mar y mi padre no tardó en identificarlo. Era el temido bramido del morro producido por la entrada y salida bruscas del mar en las   cavernas de aquella punta. Al escucharlo comprendió que la gente se asustara de aquel ominoso fenómeno, pero concluyó que no había porque intranquilizarse.

Al fin después de subir una más de aquellas alturas, alcanzó a distinguir una luz perdida entre el boscaje. Diez minutos más tarde estaba la puerta de una choza dentro de la que se percibían voces y movimiento. Mi padre llamó y tanto voces como movimiento cesaron. Insistió en su llamada y trató de identificarse hasta que, una vez vencidos sus temores, los ocupantes de la choza decidieron abrir su puerta, y cambiaron su actitud temerosa en una hospitalidad sin límite ofreciendo a mi padre parte de su humilde cena que este rechazó diciendo que había comido poco antes en Seyba.

Alumbrados por un quinqué y sentados sobre sacos de maíz cerca del fogón, la conversación se prolongó, estableciéndose una rápida y honda simpatía entre mi padre y la pareja que lo había albergado. Se asombraron de lo que había logrado y manifestaron que no tenían conocimiento alguno de una proeza semejante y no la hubieran considerado cierta hasta que escucharon el relato detallado de los motivos y pormenores de lo sucedido.

¿Y traía usted una pistola? preguntaron. Cuando mi padre respondió que no, cambiaron la pistola por machete, luego por cuchillo y por último navaja. En todos los casos mi padre respondió negativamente, pues lo más filoso que traía y que podía ser considerado como arma de defensa eran las hojas de afeitar, que por cierto no había usado desde que salió de Campeche. La pareja lo miró por largo rato haciéndose seguramente muchas conjeturas acerca de lo que ellos consideraban intrepidez o tontería. Le brindaron café hecho de maíz tostado, hicieron muchas más preguntas y por último le ofrecieron una vieja hamaca de red de henequén bastante deteriorada que pronto demostró ser la mejor cama del mundo.

Acalladas las voces, terminada la plática y apagado el quinqué, el antes temido rugido del morro fue un sedante más para el viajero que se durmió profundamente.

Bastante antes del amanecer se reanudaron los ruidos de la casa. Mi padre despertó todavía con los ojos cerrados y tardó un buen rato en asumir en donde estaba y darse cuenta de que sus protectores empezaban a prepararse para sus labores diarias. Mientras tomaba una taza más de la infusión y agradecía una y otra vez los favores recibidos, se dispuso a reanudar su odisea y partió antes del amanecer.

Debido al cansancio del día anterior y el camino lleno de subidas y bajadas, esta segunda parte del viaje fue mucho más penosa que la del día anterior. El norte había reducido su intensidad y el cielo se había despejado. A poco más de una hora de su salida el sol comenzó a obligarlo a mantenerse a la sombra de los árboles todas las veces que podía, pero había largos tramos a la orilla del mar en los que no contaba con esa protección y sufría el agobio de los rayos solares. De todas maneras no hubo, aparte de lo anterior, incidentes importantes a relatar.

Cubrió todo el resto del camino en las primeras horas de la mañana hasta llegar a Lerma. Como si lo esperara, el tranvía estaba ahí. Mi padre lo abordó y utilizando su equipaje como almohada se acomodó en una de sus bancas y rememoró minuciosamente los incidentes de su peregrinaje.

Llegó a casa cerca del medio día cansado, barbudo, con la cara enrojecida y los ojos irritados. Pero en su mirada se percibía un brillo especial y había en la suavidad de sus palabras un tono impresionante. Su estatura parecía haber aumentado al par que su autoridad y energía. Este cambio se traducía hasta en la actitud de mi madre. Era un triunfador, más seguro de sí mismo, más decidido, más confiado.

No se tenía conocimiento de que hombre alguno se hubiera atrevido a cubrir a pie aquel trayecto. Tampoco se sabe que nadie a posteriori lo haya hecho con la única excepción del mismo que antes lo ejecutó, pues mi padre repitió la hazaña en circunstancias semejantes a la precedente.
El incidente triste en la repetición del viaje fue saber que la agradable señora de Boxol en cuya casa había sido atendido, ya no estaba. Según el decir de su marido la había "picado" la volpoch y a eso se debía su fallecimiento. Pero como este supuesto reptil o batracio era, y continua siendo, una leyenda, mi padre supuso que la muerte de la señora se debió a la mordedura de una cascabel o de una nauyaca (sorda, barba amarilla o cuatro narices) pues sabía que en aquellos lugares merodeaban muchos de estos venenosos reptiles de casi siempre letal caricia.

Esta segunda vez su única observación fue que había sido pan comido. "Pargo en tenate", era su expresión favorita para significar que aquello había sido fácil y no tenía importancia.